Espacios Privados.

EL CAIRO  

Me molestó que no hubiese venido a recibirme al aeropuerto. Supongo que Masuf notó la decepción y me tomó de la mano y con un tono adulto me dijo que estaba muy contento de conocerme, que esperaba que el vuelo hubiese sido agradable y que veríamos a su padre en el almuerzo.  

El taxi paró en un barrio de casas adosadas y calles a medio asfaltar, no era bonito, más bien pintoresco; las casas eran gemelas y estaban pintadas de color tierra. Entramos frente a un portón que abría paso a un pequeño jardín frontal colorido, pude identificar margaritas, buganvillas, hortensias y lavanda. 

Una vez dentro, el joven volvió al taxi y una señora de mediana edad, muy guapa, me sonreía y abría los brazos con la intención de un abrazo, ¡Amara que gusto! soy Dalia la hermana de Husani, dijo en perfecto inglés. Dalia me explicó que Masuf iba a buscar a su padre en el museo, hoy termina de montar la exposición sobre dioses egipcios ¡él es el experto!, dijo.  

No tenía ganas de todo esto. Había asumido que Husani y yo estaríamos solos y no en una casa de familia. Tenía un hijo al que nunca mencionó. Mientras me esforzaba por ser simpática un fuerte sacudón nos sorprendió. La tierra tembló. Cayeron fotos y cuadros de la pared y las lámparas del techo se mecían. Escuché a Dalia gritar y correr hacia una habitación, la seguí. La vi arrodillarse al lado de un anciano, engullido por un enorme sofá de terciopelo lila.  

Cuando por fin todo se calmó, me di cuenta de que estaba parada en medio de la habitación, desconcertada y preguntándome: qué hago aquí. La hermana de Husani calmaba al anciano, que dudo mucho que se diera cuenta de lo que sucedía. Ella sirvió agua para todos, el viejo tenía una expresión de cansancio en su rostro y la espalda doblada hacia adelante, como si descansase de un duro día de trabajo.  

Escuchamos bullicio en la calle y salimos. Vimos gente con gesto asustado que señalaba grietas en paredes y techos mientras sacaban sillas para las abuelas que por el susto se negaban a entrar en casa.   

En un momento busqué a Dalia para que atendiera el teléfono, que empezaba su tercer ciclo consecutivo de rings. Cuando contestó, sostuvo un breve diálogo, su rostro se transformó, cayó de rodillas sujetando el auricular y empezó a llorar. Cuando recuperó el aliento me dijo: Husani ha muerto, no dio más detalles.  

Recuerdo que el corazón me latía muy fuerte y al paso de las horas me había quedado congelada en un sillón gemelo al del abuelo, me costaba respirar. No recuerdo como pasé la noche.  

Cuando levanté la mirada vi que Masuf sentado en el suelo, sostenía la mano de Dalia, que sentada en una silla se tapaba el rostro con las manos y sollozaba. Masuf llamaba a su padre y Dalia repetía el nombre de su hermano. Había una carpeta con papeles escritos en árabe a un lado de Masuf, también en el suelo, sobre ellos, un clip sujetaba una polaroid que mostraba unos pies calzados con unos mocasines de charol y el resto del cuerpo cubierto con un plástico negro. A un lado y por debajo de la lona, asomaban unas manchas color carne que podían haber sido dedos y un hilo fino de roja sangre que se perdía por el marco izquierdo de la foto. 

Me acerqué a ellos y les pedí llamar a un taxi. Ninguno de los dos me pidió que me quedase. Mientras esperaba pregunté al hijo qué pasó. Me explicó que en el Museo colocaban una estatua del dios Ra en un pedestal cuando empezó el temblor, lo que provocó que se desenganche de la grúa y cayera sobre Husani. Ra estaba ileso gracias a que su padre le había servido de colchón.  

Al taxista le pedí que me llevase a un hotel que estuviera bien y que no fuese muy caro. Durante el trayecto miré la ciudad y me pareció caótica y enferma, tuve la impresión de que las personas, con las que crucé miradas, me devolvían desprecio o compasión, el olor de gasolina era insoportable y tenía ganas de vomitar.  

En el hotel me corté el pelo yo misma, como una melena corta, me duché y dormí 24 horas. Al día siguiente bajé al restaurante y cuando el camarero me preguntó qué hacia en el Cairo, le conté que hace seis meses conocí a un hombre por una aplicación de citas, nos hicimos novios y yo había venido al Cairo para encontrarme con él. ¿Qué podía hacer ahora?  Con el rostro serio el señor camarero metió la mano en su delantal y respondiendo a mi pregunta me entrego un tríptico de una agencia de viajes mientras sentenciaba: Disfruta Egipto. 

Me embarqué en una expedición por Guiza, Abu Simbel, los templos a la orilla del Nilo y unos días en barco. Lo tomé como una señal de un nuevo comienzo. Estuve quince días caminando entre las ruinas de una majestuosa civilización ya extinta. Cuando regresé al Cairo y al mismo hotel, encontré al camarero y le agradecí por el consejo, la verdad es que lo había pasado muy bien. Me preguntó qué haría ahora y le contesté que no lo sabía. Él me dijo que a él le encantaría conocer Roma, me preguntó si yo conocía esa ciudad. Con la cabeza dije que no. Deberías ir, me respondió. 

En mi última noche en El Cairo cené con un desconocido que amablemente compartió conmigo su mesa en un bonito y abarrotado restaurante. Acabamos en su hotel. De madrugada yo volví al mío con los zapatos de tacón en la cartera, arrastrar la borrachera y la tristeza que llevaba encima, fue toda una hazaña. Una vez en mi habitación vomité la vida. Sentía muchas ganas de largarme y no volver nunca, el Cairo era la ciudad más horrible que había conocido nunca.   



ROMA 

Nuca creí en el destino, pero en las últimas semanas empecé a imaginar que había algo que podía parecérsele. Cuando recogía las maletas en la terminal de llegada de Fiumicino, una rubia lloraba con indignación porque había perdido las suyas. Sin pensarlo, luego de luego de la típica pregunta: necesitas ayuda, la acompañé a los tramites de reclamación. Como todo tramite toma su tiempo, este nos dio dos horas que aprovechamos para contarnos la vida; la rubia volvía de un viaje de negocios y le explique con lujo de detalle mis penas y sobre mi trabajo como instructora de yoga. 

Debí caerle bien porque me propuso un business algo surrealista. Tomamos juntas el taxi y enseguida llegamos a nuestro destino.  La urbanización de casas blanco gris de paredes blancas, cuadros abstractos, decoración minimalista, una Venus de mármol blanco dando la bienvenida en la recepción, luz por todos lados. Daba la impresión de entrar en un resort de lujo.  

Fue así que Alcira, la rubia, a cambio de mi ayuda con un formulario de reclamación para la aerolínea, se ofreció a acogerme en una caseta con baño que el encargado había desocupado hacía un rato. El lugar, a pesar de tener solo lo básico, era acogedor. 

La caseta estaba en medio del patio de césped, junto a la piscina, donde por las mañanas, yo impartiría una rutina de yoga. Entre esterillas de colores y porros de costo daba clase los martes, jueves y sábados por la mañana. De mí solo les interesó saber el nombre, trabajo y edad: Amara, instructora de yoga, 30.  

Los siguientes días tuve la impresión de estar en la Gran Belleza, esa película de Sorrentino, viviendo a costa de esta aristocracia romana. Todo parecía frágil y artificial, demasiado perfecto, las casas, las ropas, sus caras inexpresivas, los gestos altivos, la excesiva, aunque breve, amabilidad. Me sentí privilegiada. Dispuesta a disfrutar de mi suerte, por momentánea que fuese. 

Por la mañana daba clases, luego Alcira y yo dábamos algún paseo por la Roma más turística o pasábamos la tarde en la piscina. Algunas tardes después sin buscarlo o esperarlo, Alcira intentó besarme. Yo que soy tan lesbiana como Chayane homosexual, la rechacé con amabilidad, aun así, a partir de ese momento dejé de sentirme cómoda con la rubia y decidí pasar la mayor parte del tiempo en cafesitos o restaurantes en Ostience, mi descubrimiento del verano, un barrio con mucha vidilla y arte callejero.  

Disfrutaba pasear cada tarde entre enormes murales: besos de amantes retratados en la fachada posterior de una casa, la mona lisa aquí, mujeres adornadas con flores allá, Superman fuera de foco, rostros de abuelas; todo estaba allí, no había pared sin pintar o poste que no contuviera un centenar de pequeños mensajes gráficos o escritos.   

Fotografié todo con el mayor detalle posible, sin embargo, cuando encontré ese mural sentí infinitas ganas de contemplarlo. De una pared pintada en tonos grises emergían del fango dos parejas, ellas levitaban, ellos seguían atrapados hasta la cintura sin poder brotar. El cabello (¿o eran pensamientos?) de ellas se había transformado en formas abultadas y redondeadas, que cubrían sus caras y cabezas, mientras se elevaban hacia el cielo a cuentagotas. Ellas la Venus de Milo, ellos figuras del Jardín de las Delicias.  

Cuando me cansé fui por una cerveza. En el bar conocí un romano atractivo, de porte varonil, sus manos eran firmes y sus ojos brillaban cuando sonreía. La conversación fue muy agradable, le mostré mis fotos e intercambiamos impresiones acerca del arte callejero. Se llamaba Luca, pintor y grafitero. Tenía 7 años menos que yo, se notaba en la dulzura con la que hablaba. Me dijo que mis ojos eran hermosos y que veía un gran deseo de acostarme con él, reflejado en ellos.  

Con Luca conocí una Roma que hubiera sido imposible descubrir sola. Fuimos a casas ocupadas por artistas callejeros, donde vivían tatuadores, músicos y grafiteros. Comimos y bebimos como si no hubiera mañana. En una de las casas ocupadas vivía un colega suyo que le había dejado las llaves de su estudio. Allí desatamos todo el deseo acumulado en las horas que llevábamos coqueteando como adolescentes.  

Días después fuimos al complejo que yo bautice como la belleza. Allí Luca conoció a Alcira, la cual no perdió ni un segundo y de forma descarada le coqueteó constantemente. Aluciné con la rubia, pero también con Luca, ella debía tener unos cuantos años más que yo, algo que a él pareció no importarle.  

De pronto me sentí cansada, era tiempo de dejar Roma. Sentía que estaba lista para volver a casa. El día que lo decidí caminaba sola, Luca había ido desapareciendo discretamente hasta un día que lo vi escabullirse de mi modesto alojamiento a la casa grande. Luca dejó de ser mío para ser el amante de la otra vieja.  

– Que gran coincidencia -dice Acidita (el sobrenombre con el que la llamo estos días) -Aprovecharemos la fiesta que Lara y yo daremos esta noche. Daremos la bienvenida al Conde de Dinamarca y celebraremos tu despedida. Alcira lo explicó y soltó una carcajada, Luca y yo no nos enteramos de la broma.  

Esa misma noche Alcira y su amiga, llenaron de mesitas plegables y pufos el patio donde estaba mi caseta, que se fue llenando de gente que venía para dar la bienvenida al conde. De pronto me veo rodeada de yonquis pijos, hombres y mujeres tatuadas y sin oficio ni beneficio. Si mañana tuviesen que ganarse la vida, los encontraría en una esquina con 4 vasitos para la limosna marcados con rotulador: Comida, champagne, Tinder, psicoanalista. 

En la fiesta mi objetivo es ponerme ebria a morir con el champagne de cuatro estrellas que sirven en la belleza. Cuando empezó la música el Conde de Dinamarca desfila por el borde de la piscina –George, George -gritan los asistentes, con su mejor acento francés, al chico negro y menudito que se pasea vestido de rey a lo Freddie Mercury, mientras sus pajes llenaban con champagne las copas de los presentes. 

Empezó el baile, la gente estaba muy animada, había mucha. De pronto por el micrófono se escuchó: Esta noche te deseamos un feliz retorno a casa Amara. Recibí besos y abrazos de gente que apenas conocía. 

No me acuerdo cómo, la noche la acabé con el Conde en la pequeña habitación dónde me hospedaba. Cuando desperté vomité la vida. Intenté que el conde se fuerá, para recuperar mi espacio, pero está profundamente dormido.      

Era temprano en la mañana, aproveché para ver el amanecer. En otros espacios privados la fiesta continuaba. 

2 comentarios en “Espacios Privados.

  1. Está muy bueno el texto Eu…!
    Me gusta también mucho como entrelazas la historia del texto y las fotos… buenote tu estilo…!

    Beso Eu, te quiero…

    Enviat des del meu iPhone

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