Infierno en Lisboa.

A mi marido lo conocí cuando cursaba mi cuarto año de doctorado y estaba lista para enamorarme, casarme y cerrar el círculo de las expectativas sociales siendo madre. Luego de tres hijas y doce años de convivencia nos volvimos una pareja que en apariencia se llevaba bien, pero en lo cotidiano era insegura, de pocos diálogos, mal y poco sexo y vidas distantes. Aunque a veces íbamos al teatro y ocasionalmente con amigos los fines de semana, en pocos años habíamos pasado de amarnos locamente a dudar que alguna vez hubiese habido algún sentimiento verdadero.

Habían pasado más de 6 años desde que había dejado mi carrera profesional, para dedicarme a quedar embarazada y cuidar a la familia. Entonces llegó un momento en el que me sentí atrapada, atormentada porque sentía culpable por sentirme atrapada. Ser económicamente dependiente coartaba mi capacidad de reacción. Los días pasaban y la indiferencia de mi compañero se volvió evidente a través de palabras de burla y sentencias descalificadoras; la negatividad invadió nuestras conversaciones y al igual que él se hartó de mis dramas yo lo hice con su presencia. Agradecía cada ausencia suya de casa.

Como suele pasar en estos casos, lo recurrente se vuelve normal. Sufrí humillaciones de un marido que me ignoraba, asegurándose de que en público pareciéramos una pareja distante. En casa, los gritos y enfados recurrentes, sin aparente sentido se volvió la norma, al igual que sus ausencias cada vez más seguidas, la falta de apoyo para proyectos personales, los silencios. Este ambiente afectaba mi autoestima, su indiferencia dolía, era una opresión en el pecho y un nudo en la garganta cuando aguantaba las ganas de llorar.

Luego de mi primer embarazo, volví a fumar y él, en calidad de nuevo padre y abanderado de la razón, me dio un sermón sobre como el vicio afectaría a nuestra hija y me hizo prometer que dejaría el tabaco definitivamente. Así, durante años, los días que estaba ausente aprovechaba para fumar a escondidas; su aprobación, tan reguladoramente conciliadora -al inicio-, se convirtió en un muro que excluía todo lo que me gustaba: bailar, fumar, el tiempo de pareja, los comics, todos considerados temas ociosos. Criticaba lo que hacía con las niñas, no se interesaba cómo pasaba los días, si me sentía sola o mis reflexiones en torno a la ausencia de vida laboral formal.

En una fiesta de su oficina, a la que me hice invitar a pesar de su negativa (te vas a aburrir, ¿segura que quieres ir?, preguntaba), se mostró distante, sin dirigirme la palabra, encargándose de que estuviera aislada, evitando tener que presentarme o admitir que yo era su pareja. También me descubrí pasando las vacaciones con sus amigas y planificando fines de semana y feriados sin él. No sabría contar las horas que paseé sola por las ciudades, tantas que fotografiarlas se convirtió en uno de mis pasatiempos favoritos.

Durante años sentía que las lágrimas brotaban sin razón y las justifiqué con un final triste de una peli o con un recuerdo nostálgico de la juventud. Nunca le conté a nadie lo que me pasaba, primero porque pensé que eran cosas mías; luego porque la gente nos percibía como una linda pareja, con una vida tranquila y, en este ambiente, a mí me parecía fuera de lugar comentar que me sentía sola o que yo había dejado de considerar que mi marido era buena persona.

Me sentía muy perdida, hasta que una mañana de marzo mi amiga Mariana, al verme distraída, me preguntó en qué soñaba, como no supe contestar, porque no soñaba, sino que en silencio acunaba mi tristeza, repreguntó qué iba a hacer con mi vida cuando la última de mis hijas vaya a la escuela y yo contesté que volver al trabajo, pero ella insistió: qué te gustaría a hacer. Yo balbuceé una evasiva: me lo estaba pensando. Por la noche saqué el tema con mi marido y él me dijo que pensaba que estaba feliz sin trabajar. Su respuesta me cayó como una patada en el estómago, yo tenía una carrera, una vida profesional que deseaba recuperar. Enfurecí. No podía creer que hubiese llegado hasta el punto de sentirme sola e inútil. No reconocía mi vida y no quería acostumbrarme a quien era ahora.
Desde ese momento empecé a sacudirme y buscar algo que me sacará de mi aturdimiento.

Como un acto simbólico quemé el álbum y todas las fotos de la boda, empecé a esconderle cosas a mi marido como la pluma, libros que estaba leyendo o ropa. Cuando me aburrí de esta actitud infantil escribí a unas amigas pidiéndoles refugio y suplicando por cualquier tipo de trabajo. Ellas no me decepcionaron, en cuanto me dieron el Ok, hice la maleta y me fui a Lisboa. Había tocado fondo y decidí poner distancia y punto final a mí relación.

Hace un mes que estoy en Lisboa. Aquí descubrí a Pessoa y en estas calles y sus libros, he encontrado una paz que hacía mucho no sentía. Leyendo sus poemas he recuperado mis aficiones: la música, bailar, ir al cine, leer. Lo que me hace más feliz es que haber recuperado mi vida profesional, he empezado a pensar que puedo ser económicamente independiente, lo que me permitirá rehacer una vida sencilla junto a mis hijas.

Cada semana, cuando habló con mis pequeñas, que he dejado en Barcelona, también habló con mi suegra y es ella la que me apoya y les explica que su mamá está trabando para que a mi regreso podamos vivir juntas. Nunca imagine que mi mejor aliada sería la madre de mi excompañero. Supongo que al haber pasado por algo similar a lo que yo estaba viviendo, no le era difícil empatizar conmigo.

Alejada de la rutina de años y luego de un par de meses sin pensar en mi marido, soy capaz de contestarle el teléfono. Enciendo un cigarrillo y me aseguro de exhalar con fuerza para que se note que estoy fumando. Has vuelto a fumar, pregunta. Respondo que nunca lo dejé.

Me pregunta si he pensado alguna vez en suicidarme, me extraña la pregunta y no sé si espera que se la devuelva, pero me da igual y contesto la verdad: que jamás se me ocurriría, que amo la vida y que no estoy desesperada, solo muy triste. Me doy cuenta de que no sabe que decir, me asombra su silencio, acostumbrada a que tenga una opinión para todo. Me dice que las niñas me extrañan, que vuelva.

La segunda vez que hablamos algo ha cambiado, me cuesta reconocerle mientras ruega, suplica, perdón. No estoy segura de qué sea sincero o de que entienda lo que significa esta petición para mí, tampoco creo que él sea capaz de entender el alcance de sus palabras. A partir de ese día hablamos cuando tengo ganas. Luego del bajón inicial ahora siento que he recuperado la vitalidad, he encontrado trabajo y esto hace que me sienta fuerte y con ganas de tomar el control de mi vida.

Cinco meses después mi ex se planta en Lisboa y su cara es un poema. Hoy entiendo el dicho popular de “la tortilla se viró”. Desde el primer momento quedó en evidencia que su presencia ya no tenía poder sobre mis deseos, le digo que se terminó, que necesito volver a reír, a sentirme respetada y querida.

Camino por esta ciudad que ahora siento mía y él me sigue, pegado a mi falda, camina detrás mío mientras balbucea justificaciones que no me interesan, llora, intenta hacer que me sienta culpable por haber dejado a las niñas solas (con él), dice que no sabe en qué estaba pensando, arrastra los pies pidiendo ser escuchado. Cuando le digo que no tiene que darme explicaciones y que ahora es libre de hacer lo que se le dé la gana, dice que lo único que quiere es que arreglemos las cosas. Esto no tiene arreglo, le digo, a lo que él contesta qué sí que lo tiene, que hace meses va con un psicoanalista y que ahora entiende que es una víctima de su época y que no ha sabido identificar y expresar sus sentimientos. Estoy aprendiendo dice, quiero cambiar y hacerme merecedor de una última oportunidad.

En el juego de reflexionar sobre quienes somos y qué queremos, él también juega a sincerarse y escupe sobre mí un montón de confesiones que hubiera preferido que se las guarde para él. Descubro una vida llena de mentiras y duele hasta lo indecible. Entonces yo confieso que le odio, como jamás soñé odiar a alguien.

¿La situación se equilibra? ¿Estamos a mano?. No hay ninguna satisfacción.

En la banca de un parque, él se dobla en dos y berrea más disculpas. Cuando se me pasa el asombro por descubrir una vida de mentiras, yo también me doblo en dos, para ahogar un grito de enojo. No puedo contener la infinita tristeza y vuelve a mí este sentimiento de soledad. Mi vida pasa delante de mis ojos, recuerdo a mi madre llorando porque mi padre se había ido con otra. Yo quise irme antes de que me pasará lo mismo, sin embargo, fue tarde, igual de tarde que lo fue para mi suegra, mi prima, mi tía, mi amiga, la vecina. Y qué más da, yo y las otras víctimas del maltrato psicológico, del desamor y de la más extendida de las epidemias: el engaño.

No tengo idea de con quien estaba casada, ya no sé distinguir entre lo que fue real o fingido. Por qué te casaste, por qué tuvimos hijas, por qué seguiste jugando a la casita, ¿cuándo dejaste de quererme?, ¿algún día me quisiste?, porque traicionaste mi confianza y abusaste de mi cariño, pregunté.

A pesar de todo me pides que me quede. En el ambiente hay un tufo a encerrona, es el aroma de la habitación de hotel que se ha convertido en el campo de batalla improvisado, en el que hemos vomitado toda la artillería de reclamos e insultos. Sosteniéndole la mirada no espero su respuesta y digo que quiero algo nuevo. Déjame intentarlo, quiero quedarme a tu lado, dice él.

Una amiga me grita que soy una idiota si vuelvo con él. Durante la misma conversación también me dice que el 90% de los hombres no quieren separarse de sus mujeres a pesar de todo. No sé de dónde saca las estadísticas, pero no se lo pregunto porque parece bastante enojada. Mientras tanto, entre él y yo, los diálogos se hacen infinitos y continúan por días. Por primera vez puedo ver un hombre vulnerable, lleno de defectos, que arrastra una larga sombra de prejuicios sobre su masculinidad y la vida en pareja. Lo miro y no siento pena. ¡Mentira! Siento pena, por él, por mí, por nuestra familia destruida. Verle así, despojado de su perfección, hace que me sienta libre de su influencia.

Escucho Think de Aretha Franklin y firmo un tratado de paz imaginario. Recojo todo el rencor y la ira, lo meto en la Caja de Pandora y lo guardo en un rincón de mi mente. Prometo nunca más abrirla, pero saber que está allí me permitirá recordar porque está cerrada con llave.

Me refugio en mi trabajo, en las amigas, en mi activismo y las ganas que tengo de contar a otras mujeres por lo que he pasado. De gritar que el perdón solo es posible transitarlo si existe reconocimiento del daño infringido. Yo, la decisión la he tomado cuando mí ex me entrega una carta en la que promete un cariño calmado y maduro, además de una lista de compromisos imprescindible para una nueva vida.

Tengo la impresión de que lo peor ha pasado. Tengo cada vez más dudas sobre querer sacarlo de mi vida para siempre. El sentido común grita que me aleje de él, sin mirar atrás. Otras voces me piden que piense lo duro que es el divorcio. Los días con pensamiento positivo me convencen de que si sabemos hacerlo bien puede funcionar; la nuestra puede ser una historia de resurrección, que podrá ser contada como una historia de amor atípica, en la que la renovación del compromiso y los afectos han vencido al odio y los deseos de venganza.

Luego de seis meses dejo Lisboa, agradecida por haberme vuelto independiente y de que su hermosa sutil decadencia sea la que haya acompañado mí tristeza.

Dos años han pasado.
Buenos días dice mí compañero y me besa en la mejilla y me atrae hacia él en un tierno abrazo.

A pesar del tiempo transcurrido seguimos intentando entender qué significa ser pareja en los gestos cotidianos, en la distribución de las tareas de la casa, en los tonos que usamos para hablarnos. Por fin sus caricias surten efecto y me estremezco cuando estamos juntos, siento que me mira, que existo para él. Volvemos al teatro, volvemos a compartir libros y hablar del trabajo, del mío y el suyo. Cada día que pasa vamos dejando la desesperación atrás, entrenado el hábito de no mirar al pasado para intentar entender o preguntar sobre cosas que no se pueden cambiar y que solo hacen daño.

No tengo dudas de que llegará un momento en que, sin olvidar, no tendré ganas, ni tiempo de recordar. Ahora estoy concentrada en aprender a caminar tomados de la mano, disfrutar de sus besos, buscar momentos juntos. De hecho, gracias a la pandemia hemos estado cómodamente encerrados en nuestro mundo de seguridad, porque estábamos allí donde queríamos estar, uno al lado del otro.

Es hora, quizá, de que haga el último esfuerzo de mirar a mi vida. Me veo en medio de un desierto inmenso. Digo del que ayer literalmente fui, procuro explicarme a mí mismo cómo he llegado aquí. Pessoa.
Lisboa y algún día en diciembre del año dosmilveiteydos.

Un comentario en “Infierno en Lisboa.

  1. Me encantó leer tu historia. Gracias por compartir tu vivencia en toda su crudeza y belleza, con una sinceridad asombrosa y sin artificios. El giro final me removió, no me lo esperaba. Como muchas mujeres, yo también he estado en ese lugar, en circunstancias distintas, pero con sensaciones similares. Decidí tomar otro camino, al igual que lo hizo mi madre. Me alegra saber que no existe una única salida y que todos los caminos son válidos mientras que nos conduzcan a nuestra felicidad.

    Le gusta a 1 persona

Deja un comentario