
La persona que más acompaña mis recuerdos de infancia es mi abuela. Una mujer pequeña y guapa, que se avergonzaba de sus orígenes indios. Somos originarias de Vilamarga, una ciudad situada a 2800mts de altura en la que predomina una identidad católica, arribista, racista, de derechas o de izquierdas. La familia de mi madre era católica y la de mi padre roja.
Mi abuela, la madre de la mía, me llevaba a la escuela de la Virgen del Rocío No2. De camino rezabamos para que yo fuese buena. Ella con más ganas. Rezar no servía para nada, a los 11 años yo lo sabía perfectamente.
El dios de mi abuela era bastante ineficiente. Ella siempre le pedía un montón de cosas que nunca sucedían (ser más rica que sus hermanas, que sus hijos sean creyentes, que su marido tuviera un trabajo que le hiciera rico), no al menos como ella lo pedía. En el pueblo de mis abuelos la gran familia, los tíos abuelos, primos segundos y terceros, eran fervientes creyentes de dioses, santos y espíritus, todos igual de inútiles.
De lunes a viernes todo era rutina, lo otro llegaba el fin de semana, las reuniones familiares so pretexto de algún cumpleaños, santo, boda, bautizo, primera comunión, confirmación o el festejo del hijo que estudiaba en Miami. Mi abuela tenía seis hermanos y tres hermanas. Mi abuelo era el mayor y tenía once hermanas. El fin de semana lo pasábamos yendo de un lado a otro.
Entre esta maraña de gente se tejían mis recuerdos de la infancia.
Cuando yo tenía 12 años, la gente seguía ignorando mi presencia y se permitían decir cualquier cosa frente a mí, creo que porque yo era una niña callada y dócil.
Así, entre conversaciones adultas, entendí que las hermanas de mi abuelo creían que mi abuela era una bruja, que no se merecía a un hombre tan bueno como marido. Las hermanas de mi abuela pensaban que mi abuelo tuvo mucha suerte de caerle bien a su suegro, el que arregló el matrimonio, billete de por medio. La familia de mi abuelo eran altos y sucos (rubios) y la de mi abuela pequeños y mestizos. Todos ganaban. Mi abuela un marido porque cuando se casó tenía 24 años y fama de insolente. Mi abuelo necesitaba dinero para ayudar a sus padres pobres.

Tuvieron seis hijos y una hija, una casa, un carro, un yerno y tres nueras.
Mi abuela era una mujer especial, porque se le había concedido, la habilidad de maldecir a la gente. Maldijo a sus cuñadas a que nunca encontrasen marido y murieron, una a una, solas, viejas y dementes, odiándose entre ellas.

Maldijo a su hermana a tener que trabajar como una mula. El día de su matrimonio descubrió que el novio rico tenía un carro de lujo, un hotel en bancarrota, unos padres obesos y unos hermanos vagos. Trabajó toda su vida para mantenerlos y sobrevivir.
La gente evitaba su mirada, pero, sobre todo, evitaba sus palabras. Se decía de ella que con solo mirar daba mala suerte, pero si una maldición salía de su boca esta era ley. Maldijo a mi madre por haberse casado con mi padre y luego del divorcio la maldijo a cuidar de ella y mi abuelo, para la eternidad. Para mí, deseó con muchas fuerzas un marido.
Cuando salíamos en familia yo nunca sabía a dónde íbamos, nadie se molestaba en decírmelo. Pero no importaba mucho, todos los parientes eran igual de insoportables. Las tías y sus madres jugaban cartas y hablaban mal de sus hijos, nueras o nietos. Los tíos bebían como descocidos su propio aguardiente, luego del partido de futbol. Se sentaban, esperando a ser servidos y adoptaban un tono altivo mientras opinaban sobre política nacional. Siempre igual.
Ahora que lo pienso veo lo simples que eran. Si era blanco era bueno, si era indio malo. Si tenía dinero, un buen partido, si no, un pobre diablo. Si la niña se casaba a los 15, mejor; así prevenimos que se le ocurran ideas malas o que se vuelva una zorra libertina. Los chicos tenían la suerte de poder esperar unos 10 años más, para con 25 conseguir una de 15, pura y fácil de manipular.

Ella no había maldecido a mi madre a morir, pero, para mí, esa fue la forma de rebelarse contra la maldición de su madre. Cuando me quedé huérfana mi abuela intentó casarme con cualquiera disponible. Mencionaba mi patrimonio como anzuelo, tiene una casa, la que mi hija le heredó al morir.
A los 20 años empecé a ser víctima de la típica agresión por parte de los típicos tíos-abuelos carcas:
¿Por qué no se ha casado la Mariaisabelita? -le preguntaban a mi abuela.
Porque no quiero casarme -respondía yo.
¡Ja Ja! -reía el viejo carca- ¡Mentira! -decía con mirada de desprecio hacia mi abuela-, no se casa porque no tiene con quien. O por fea. Ha salido al padre.
Mi abuela lo miraba sin sonreír y lo maldecía a seguir siendo imbécil de por vida.

Todos y todas esas personas a las que llamábamos parientes -para diferenciarlos de la familia en casa- tenían el deseo feroz de parecer y comportarse como idiotas: coquetear con la cuñada, beber hasta perder la dignidad, denigrar a los otros para hacer ver que uno era más.
En el concurso por ser el peor, el premio es que esa anécdota se contaría de generación en generación. Todos estaban presos de las convenciones sociales. Eran médicos, arquitectos, ingenieros, pero poco importaba porque sus vidas eran pequeñas y miserables: tienes que ser buena, tienes que ser rico, tienes que casarte con alguien como nosotros, debes estudiar, debes tener muchos hijos, sé buen creyente, venera a tu madre, teme a tu padre. Una gran familia para la que el premio era la foto con 50 hermanos, tíos, primos, sus cónyuges y retoños.

Me largué el mismo día en el que me gradué en la universidad, le había prometido a mi abuela estudiar para ser alguien en la vida. Me fui con la Laura y la Nona, dos chicas uruguayas que vendían, en la calle, bisutería que ellas mismas fabricaban con alambre y pinzas de relojería. Me fui bien lejos, soñaba con ser una pobre diabla, libre.
Mi abuela predijo desgracias, todos lo hicieron, pero nunca supieron que una vez que una persona sale de su radio de control, su forma de pensar pierde poder. Ya no me afectaba.

A los pocos meses me había mimetizado con mis compañeras, aprendí a doblar alambre y a vestirme como hippy, me tatué una mariposa y la figura de una mujer liberándose de las sombras que la atrapaban. Por fin me alejé de Vilanculos, plenamente consciente de que no volvería jamás.

No tenía ni idea a dónde iría, ni qué haría de mi vida. Pero no me importó. Una vez que descubrí la luz empecé a fotografiar todo, no quería perder ninguna imagen, porque estas serían mis nuevos recuerdos.
No extraño la ciudad que me vio nacer. Extraño a mi abuela, que nunca pudo verme feliz.

Pobre abuela
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