
He perdido un recuerdo. Entre idas y venidas he perdido un recuerdo. Entre aeropuertos y calles de ciudad. No sé si es una llamada que recibí, una promesa por cumplir, los libros de la biblioteca que olvidé devolver, si es un extrañamiento o un deseo. Miro a mi alrededor buscando objetos como indicios para reaccionar: discos, libros y fotos, algo que me permita recordar aquello que se echa en falta y no sé sabe qué es.

Recuerdo la primera mirada, el deseo; los dos solos, en la pista de baile, sintiéndonos especiales, lo adorable e infantil que se veía cuando me escondía en su armario para que su madre no descubriera que había pasado la noche con él. Recuerdo la tarde de verano que se mudó a mi casa, con su gato y margarita, su planta.

A diferencia de mis hermanas yo no tuve hijos; al igual que ellas, conservé la idea de que a un hombre se le ama con locura.
No recuerdo el principio del fin, recuerdo cuándo se fue, no recuerdo cuál fue su última palabra, recuerdo que no llore. Tampoco él.
Continúo sin diferenciar la brillante idea, aparecida en medio de una caminata, imposible de evocar cuando por fin tienes donde apuntar, con esos otros recuerdos que dan forma a la vida.

Ya no sé si es lo que necesito encontrar o el vacío que he de llenar, si tiene algo que ver con este agujero en el estómago que siento cuando recuerdo lo fácil que fue acostumbrarme a estar sola a los 40.
Cuando aparece un recuerdo incómodo la memoria lo limita, a no ser que se trate de una memoria masoquista en cuyo caso lo perpetuara. Amor y odio, infinito y nada se tocan porque la memoria engaña; nos deja los recuerdos que agradan y elimina aquellos que hieren. ¿O acaso es lo opuesto?
Recuerdo sus manos buscándome incansablemente, pero también recuerdo la humillación que sentí cuando se me negó el saludo o cuando simuló no conocerme.
El día de mi cumpleaños le crucé en el ascensor de la presidencia, dónde actuaba como consejero. Le encontré muy cambiado, casi no lo reconocí. Su cara estaba desfigurada, él había engordado sin límite, tenía la cara roja y congestionada por el esfuerzo que implicaba caminar. Jadeaba y la baba blanca de la comisura de sus labios se extendió como elástico cuando la boca se le abrió al reconocerme. Tan obvia fue su reacción que su escuálida novia le jaloneo la mano y su mirada se cruzó con la mía, para preguntar si nos conocíamos; “no, no para nada” respondimos él y yo.
Para lo horrible y lo hermoso del mundo existe consuelo. No recuerdo como era ser feliz con él, pero recuerdo perfectamente la sensación de bienestar que provoca alegrarse por la desdicha ajena, cuando sabe a venganza divina.

Yo perdí un recuerdo, pero él recuperó uno, la fecha de mi cumpleaños. Desde aquel día no ha pasado un solo año sin que reciba un mensaje de texto que rememore nuestra frase: Felicidades por una vuelta más al sol.
MariaEuge que grande este primer capítulo del famoso cuento que escenificó en Cuenquita la “Vidente” y su coro de Defensores y los mares de peregrinos y peregrinas… las de Quito daban “ternura” al verlas cada mes enfilando para el Cajas… En fin me has alegrado esta mañana. TQM
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Susi querida, que hermoso leerte y saber que me lees. Te extraño mucho y TQM también. Un enorme abrazo.
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