La vida de los otros.

El infierno son los otros. Sartre.

Tres jóvenes, que no se conocen entre sí, se despiertan en un mundo peligroso e intentan averiguar qué es lo que les une, mientras buscan la forma de salir de allí con vida. Para conseguirlo tendrán que sortear portales mágicos, misterios desconcertantes y bestias feroces, entre otros muchos obstáculos que forjarán su amistad.

-Feliz cumpleaños. ¿Cuántos?

-30 –Dice ella mientras recibe un abrazo-

– Te invito a desayunar. Vamos a La casa de panqueque.

– Ayer desayuné allí con Pablito, ¿de qué tienes ganas?

– Café con Leche, huevos revueltos y panqueques.

– Vamos al Mono Goloso, allí también tienen panqueques.

– No, esas son crepes. Da igual, es tu compleaños. Vamos.

Los hechos que se suceden entre la invitación y la salida no se relatan, porque el narrador provecha para llamar a su madre y pedirle que deje de alimentar a los peces, porque los matará. También desayunará.

En el Mono Goloso se sientan en una mesa mirando hacia el bonito patio interior.

– Esto es para vos –dice él mientras saca un paquete de una bolsa grande- ¡Feliz cumpleaños!

Ella contempla el paquete.

Cabizbaja, como si susurrara dice:

– La Milagros es la única que me hace regalos. Todos los años, en esta fecha, recibo una tarjeta y dinero para que me compre algo. Mi padre nunca me regalo nada y mi madre, el día que me marche, una peluca, por si algún día se me ocurría coger cáncer. ¿Por qué me has comprado un regalo? -preguntó mientras acariciaba la cinta roja, del laso que lo adornaba-

– Ábrelo. No se te ocurra llorar.  

– Ella lo abre con una lentitud desesperante.

– ¡Una Polaroid! Qué bonita. No sé qué decir.

– ¿Gracias?

– ¡Gracias! De verdad. -Sorbe su café con doble espuma de leche-

– Nunca te conté, pero mi verdadero nombre es Consuelo. Lo de Bella se me ocurrió cuando me fui de casa de la Milagros.

– ¿Cuándo su marido “murió”? -señala las comillas con los dedos-.

Asiente con la cabeza- Yo quería reinventarme, necesitaba otro nombre, quería verme distinta, llamarme diferente. Luego desperté aquí y aproveché para rebautizarme y cambie Consuelo por Belladona.

– Bella te pega bastante bien.

Ella se acomoda la falda y retoma sus pensamientos.

– El otro día pensaba que han pasado dos años desde que llegamos aquí. Fue muy loco salir de una secadora de ropa al Mundo Cruel. Una broma de pesimo gusto. Aún así, la lavandería siempre ha sido mi lugar favorito, allí te conocí a vos y al Pablito.

– Te asusté. Recuerdo tu mirada cuando te saludé y me senté a tu lado. Me viste con ojos de “qué onda este rarito”.

– ¡Mentira! Lo del susto.  Qué hubieras pensado si ves salir a alguien de una secadora del tiempo con una botellita de Caña Manaba bajo el braso -Bella ríe – La bebías a chupitos cagado de miedo.

– Nunca me olvidaré de tus zapatos de charol y las medias de encaje dobladitas en el tobillo, el buzo negro y la falda café con topos naranja, que no pegaban nada con tus ojos verdes. Me dio tanta pena verte.

– Imbécil –dice bella molesta, solo a medias-

Él también se divierte.

-Tenías cara de monja a la que le habían quitado el habito, sentadita con las manos en el regazo y la mirada en la ropa centrifugándose. Preguntándote ¿qué carajos pasa aquí?

– Un poco raro si eres. Llegamos a este mundo violento, dónde no encajamos y lo único que parecía molestarte eran mis medias de encaje.

– Que suerte que encontramos las vejeces.

-Nunca me había comprado ropa. Nunca entenderé cómo entraste en esa casa vieja llena de costales.

– Tengo el olfato fino.

– No me admira. Ese olor a viejo es nauseabundo. Nunca me acostumbraré.

– Mírate ahora, pareces una persona normal, encajas. Con tu ropa parecías la hermana de Norman Bates.

– ¿Quién?… La ropa que botaste a la basura me la dio mi madre. Mis tías, que eran muy generosas, nos regalaban lo que no les gustaba o les quedaba pequeño. Era un recuerdo familiar.

– Parecías una mujer de 60 años. Tenemos suerte de haber encontrado la cueva de los tesoros. Escogemos los primeros, les caemos bien a los dueños y nos hacen descuento. Es un lujo.

-Cuando volvamos al mundo real y escriba la historia de Las casas Curvas de los Olvidados, a los primeros que mencionaré serán a doña Frígida Quituisaca y don Hector Mora -dice Bella dibujando con las manos en el aire el titular- El monopolio de la ropa usada, que se ha tomado el centro histórico, en un Mundo Cruel.

– ¿Crees que su padre le puso ese nombre a la mujer? -Pregunta Bella a su amigo que la mira conteniendo la risa-

Estoy seguro que su padre quería llamarla Brígida, y el del registro civil un cabrón por burlarse así de un analfabeto. En el infierno ha de estar.

Mientras ríen, Fabricio recrea una visita.

-Buenos días doña Frigídita ¿le ha llegado algo nuevo?, ¿le ayudamos a abrir el costal?, queremos los que traen etiqueta del primer mundo.

Bella complementa.

– Don Morita haga el favor de cobrar-

Ríen con ganas.

– Ahora vas bien guapa, femenina.

– A veces me siento un poco bicho raro,

– ¿Bicho raro? en el buen sentido, onda diferente, o en negativo, onda ¿“perro verde”?

– Positivo, creo

-No me preocupa. Si no notas la diferencia entre tú antes y tú después, es tú problema.

Pasa un rato y se van del café. Mientras cruzan la ciudad Bella le pide:

– Cuéntame otra vez cómo llegaste a Guayaquil, Fabri.

– Yo vivía en Pimampiro amiga. Mi padre tenía muchas tierras y empleados, era agricultor y buen negociante. Un día llegó a la casa un viejo gamonal, un Quiroga, buscaba un chico fuerte para hacer de mayordomo y cuidar a los abuelos; prometió que me mandaría a la escuela. Mi padre no quería, pero yo insistí para que me dejará ir. Tenía 10 años y quería alejarme de mis hermanos. Por supuesto nunca estudié, me trataban como los mestizos tratan a los indios, como un esclavo.

– Cuéntame de la señora y de la libreta. Es mi parte favorita.

– ¡Doña Esperanza! Un ángel. Días después de muerto el abuelo, me acuerdo porque fue el día que cumplí 17, doña Esperancita me dice: “Fabricito arréglate y péiname que vamos a pagar el gas”. Yo sabía que ella y el funcionario del gas planeaban huir, estaban enamoradísimos, pagabamos el gas 15 veces al mes. Ella no veía la hora, vivía ansiosa, esperando la muerte de su marido enfermo y amargado; los últimos años, incluso, postrado. El romance entre Don Verdugo y Doña Esperanza es una hermosa historia nunca contada Bella, te haría saltar las lágrimas.

–  La historia déjala para esta noche, cuando estemos ebrios, así lloramos bonito – pidió, mirándole con una sonrisa de medio lado- ¿El viejo fue tu primer muerto? -pregunto Bella con intensa curiosidad-

– No. El tercero, pero no me preguntes ahora esas cosas, me da pereza recordarlo. Al viejo lo despache muy rápido, facilito, ya estaba malito. Si hubiera sabido que ella deseaba su muerte, lo hubiera hecho antes. Pero recién cuando tuve 15 la señora empezó a hablarme como a un conocido.

– ¿A la vieja también la ayudaste?

– ¡Qué dices! ¡Por supuesto que no! Yo la amaba. Sigo. Como decía, enterrado el abuelo, la doña quiere salir, ir a buscar al amante; extrañada de que el señor Verdugo no se acercara al velatorio del marido. Cuando llegamos, había un letrero de la administración: “Cerrado por funeral”. Ella cogió un disgusto monumental al enterarse de que la familia Verdugo se había intoxicado comiendo morcilla negra. Él funcionario ha sabido ser racista, entonces nunca la había comido; total, no se sabe cómo así, le dio por probar.

– ¿Se murió toda la familia?

-No, solo el señor y el perro runa que tenían.  En el funeral, las hijas, estaban pálidas de tanta vomitadera. Se contaba en los pasillos que nadie, ni él mismo, sabía que era tan alérgico.

-Claro, la intoxicación, sumada a la alergia…

-Su cambio de mentalidad le significó la muerte, inmediata, fulminante, nada que hacer. Si eres racista, así te has de morir, esos cambios a la vejez ya no son recomendables.  

– Rarísimo eso de que alguien no pruebe morcilla negra, ¿Qué comía entonces en las parrilladas de morcilla?

– ¡Bella! ¡No importa! –dice él al borde de la desesperación- ¿te das cuenta de la tragedia?

– Y entonces la doña se mató.

– No le quedaba otra Bellita. Su única ilusión destrozada. Solo le quedaba un hijo mal parido.

– ¿Por cabrón?

-No. Literal. Un día me contaba la señora Esperancita que cuando ella estaba pariendo, sintió la necesidad imperiosa de ponerse de pie y al hacerlo el wawa salió disparado hacia el suelo. Lo de cabrón e insensible era un defecto de educación.

 – El viejo también era así, me contabas. El que hereda no hurta.

– Ahí fue cuando la abuela en un arrebato de ira, indignación o frustración, porque esta vida es bien hijueputa, me llevó al banco y puso a mi nombre una libreta de ahorros con 40 millones de sucres, juntados para la huida.

– Pero de ley se hubiera arrepentido. Piensa mal y acertarás.

– Ni modo mija. Nunca lo sabré. La noche que murió se puso a bailar el swing; se había puesto una peluca rubia y un vestido corto. Ella quería ser bailarina de la danza del vientre, era bellísima, en las fotos de joven la veías con una sonrisa de diva. Bailó frenéticamente toda la noche. ¡No te rías estúpida! Murió de amor.

– ¡No Fabri! Murió de agotamiento por el sobresfuerzo. 

– A mí el tacaño Quiroga no me dio ni las gracias, solo una palmadita en el hombro y mil sucres para el bus de regreso a mí casa. Me acompañó a la puerta y con un empujoncito me dio a entender “aquí ya no pintas nada”. Yo puse cara de energúmeno, pero en el fondo me largaba tan, tan, contento.  Salí con lo puesto, no me dejo llevarme ni mi ropa. Nuca supo el regalo que me hizo su madre.

– Típico malagradecido prepotente. A él ¿por qué no le hiciste cruzar del claro al oscuro?

– Esa es otra historia. Algún día te contaré.

– ¡Sí,sí! ¿Y entonces?

– Entonces me gradúe de bachiller y de sastre en la misma academia.  Tuve mucha suerte en la vida, Bella. Me hubiera gustado tener más suerte en el amor.

– ¿Ya es la hora del drama?, pensé que aún era temprano. – dice Bella mirando el reloj- Espera, compré una botella de champan. -se levanta para ir a buscarla-.

-Ahora ya no reniego de ser maricón, me quiero, así como soy, pero no sé cómo vivir con esta realidad. Aprendí a quererme, pero ¿cómo se aprende a querer a otros?

-Salud –Dice ella mientras levanta la copa. Brindan y se abrazan. Suena Juan Luis Guerra, bailan un rato.

– Te entiendo. Veras. Te confieso que ese sentimiento, el de no encajar, lo tengo desde chica. Pero aprendí a vivir con él. Para “vengarme” -indica comillas con los dedos- de la gente feliz, les robaba. Cuando iba a sus casas me llevaba cepillos de pelo, labiales o ropa. Imaginaba lo tristes que se pondrían al ver que parte de su felicidad había desaparecido. Pero esto fue cuando yo era chica, ahora robo somníferos, para los días de lluvia.

– ¿Fuiste vos? Robaste los míos. ¡Estúpida desconsiderada! Te he contado los horribles ataques de ansiedad que me dan cuando la casera se acuerda del Merlín y le tengo que decir que murió hace dos años. Maldito perro, como lo odio. 

– ¿Qué le paso?

– Lo maté.  Con cariño, no sufrió. Lo juro. Al él y al viejo, les di la misma dosis.

– ¿Mataste al perro de tu casera?

– No podía soportarlo. Yo a la Inocencia le saco la basura, le tiendo la ropa, hasta le cocino. Mimaba al perro y a mí ni gracias. Ese perro sí que era feliz y consentido. Yo viviendo en este Mundo Cruel, desconcertado y con miedo y esa vieja nunca me habla con dulzura o me pregunta cómo estoy. Si alguien en esta vida ha sido feliz, era ese estúpido perro chillón.

– ¿Estabas celoso de un perro? ¿Por qué no hablas con ella y le dices que te gustaría que se interese por vos? Explícale qué te sientes solo.

Él calla y la mira como si acabara de decir la mayor estupidez del mundo. Bella hace una mueca de desconcierto y retoma el diálogo.

– Yo siempre deseé que la gente se muera. Primero lo deseé para el profesor de educación física. Después desee la muerte de los hermanos de mí padre, de los 3; me dolía la cabeza de tanto desear la muerte de otros. Durante años solo fueron sueños.

-La primera vez que desee que alguien muera, lo hice. Se sintió muy bien al principio. Luego vomite durante semanas, la doña Esperancita pensaba que había agarrado una enfermedad horrible. 

– Un día se cumplió Fabri. Durante meses soñé que a mi ex novio lo atropellaba un carro, que le caía una lavadora en la cabeza, que le mordía un perro rabioso. De pronto un día sucedió. Murió. No todos tienen mi suerte.

– ¿Qué le pasó?

-Se ahorco con la cuerda de pasear al perro. Desde ese día me dio por pensar que podía desear otras y que estas sucederían. Me sentí tan bien.

– No es tan fácil, no basta solo con desear, hay que hacer que las cosas sucedan. Nos hemos visto forzados a actuar. No somos así, todos los mundos han sacado la peor versión de nosotros mismos.

Bella se revela contra la reflexión y cambia de tema descaradamente.

– Una vez tuve novio ¿Te conté? -dice meneando el líquido en la copa-. Un negro que emigró de Nigeria a Buenos Aires y paso por Quito; quería llegar a Panamá y conseguir trabajo en un barco. Aún recuerdo su mirada inquieta y dulce. Yo le gustaba tanto que no podía mirarme fijamente, de nervios. Lo conocí en el Lujuria. Todos los viernes iba allí, me sentaba en la mesita más apartada, siempre fuera, por dentro el bar apestaba a salivazo de ebrio.

– ¡Qué asco! -Grita Fabricio-

– Me preguntó si se podía sentar conmigo, hablamos poco, pero los silencios no eran incómodos. Nos vimos durante unas semanas, me invitó al súper y me dio una lección de cómo se consigue el almuerzo, con 2.000 sucres. Pagamos el arroz y una chirimoya, para el postre. El resto de la comida apareció en la cocina por arte de magia. Desde ese día fuimos inseparables. Siempre estaba en mi casa.

– Qué pena que no tengas una foto para mostrarme, tengo curiosidad de saber si era tan guapo como dices.

– Más que guapo era un intelectual. Nunca conocí a alguien como él, de conversación tan interesante. Súper inteligente. Me contaba sus aventuras, sus viajes. Siempre estaba metido en negocios súper ingeniosos. Era un sobreviviente. Te conté.

-Sí, me contaste –dice Fabricio, consciente de que era imposible parar lo que venía a continuación-

– Una vez compró un loro que había sido mascota de un matrimonio y testigo en un juicio por asesinato. La mujer disparó al marido y al parecer el loro no paraba de repetir las últimas palabras de él: “mátame perra porque si no te mato yo”, “mátame perra porque si no te mato yo”. Jimmy no paraba de remedar al loro, con ese acento extranjero tan bonito que tenía. Todavía recuerdo los escalofríos que me provocaba escucharlo -y recrea un escalofrío que le recorre la espalda- Lo vendió diez veces más caro de lo que le costó comprarlo a la mujer. -Bella rié-

– ¡Que densitud hermana! No sé porque siempre repites la misma historia -dice Fabricio mientras se frota los ojos-

– Me gusta recordarle inteligente, hechado pa-lante.

– ¿Y entonces porque lo envenenaste?

– Por compasión.

– ¿Es decir? -dice él con tonillo incrédulo-

– Sufría demasiado…

Él calla y la mira con curiosidad. Bella sigue hablando.

-Todas las noches bebía y lloraba por su mamá, por su sobrina, por su vecino tuerto, por la comida y una cabra llamada Morning Glory. Lloraba a moco tendido, berreaba.

– ¿Y eso te molestaba?

– Nop. No realmente. Me compadecí de su dolor. Aunque por el día daba la impresión de estar bien, por la noche su vida era insoportable. Un día, en el restaurante de doña Zoila, en la televisión una señora hablaba sobre los beneficios de tener compasión con una misma, perdonarse los errores. Solo de esta forma, explicaba la fulana, podremos ser compasivos con los demás. Esa noche lloré y me perdone; le explique al Jimmy que tenía que perdonarse para estar bien consigo mismo, pero no quería entender.

– ¿Estaba sobrio cuando hablaste con él?

– Creo que sí. En fin. Así que un día lo miré, me compadecí profundamente de él y de su dolor y lo envenené. Le dije que le había pagado unas vacaciones en una hostería en Loja, que se fuera a descansar porque le veía tenso. Le besé y le puse un par de somníferos en la bebida y lo subí a un bus.

– ¿Y ya? ¿Cómo supiste que murio?

– Porque las dosis me las conozco de memoria. Es como el jarabe de la tos, por cada kilo, tantos ml. De todas formas, dos días después, en la crónica roja del Aquí la Verdad leí que decían que el negro había muerto de un ataque al corazón. ¡Mentira! Pero a mí que más me daba, ¡que dijeran lo que quisieran!  

– Deberías mirar el video de la compasión otra vez. Creo que entendiste al revés alguna cosa.

– ¿Dónde está Pablito? ¿Le dijiste que estaríamos aquí?

-Sí. Lo llamo.

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Día 730.

Querida crónica de viaje

Hoy cumplo 30 años. Sigo encerrada en el Mundo Cruel. Hoy no hemos matado a nadie y hemos logrado vivir un día más. Hoy, con el dinero que Milagritos me ha enviado, me hubiera comprado un perfume; extraño el aroma a Jazmín, aquí todo huele a mierda.

Tengo la sensación de que las cosas van algo mejor. Hace mucho que no me visitan esas hordas de demonios y sombras, que ahogaban mis pensamientos. Por fin tengo trabajo y amigos a los que les deseo el bien. También alguna conocida del trabajo con la que he pactado una tregua. Por fin aprendí a decir gracias y por favor. Aprendí que ser invisible tiene más ventajas que desventajas, aprendí que ser invisible es la única forma de ser anarquista.

Esta semana hemos hablado sobre el amor con los chicos, les preocupa que este sola. A mí me enoja que la gente sienta pena de mí porque no tengo novio, así que esta semana luego del trabajo desaparezco (te confieso que voy a la biblioteca) y cuando aparezco camino de forma peculiar y me despeino sin exagerar. Los murmuradores ahora dudan. No se ponen de acuerdo sobre qué me pasa, uno dice son sesiones románticas, otro, horas practicando el toro mecánico, para la feria de diciembre. Los ojos de los demás son nuestras cárceles, sus pensamientos nuestras jaulas. !Todavía citas a la Woolf! 

Cuando me alejo de la superficialidad de la raza humana, mi amigo Fabricio y yo somos capaces de arreglar el mundo. Hace un mes que hemos decidido posicionarnos en el pensamiento utópico y retomar la teoría socioeconómica de que todo se arreglará cuando las personas llevemos el mismo corte de pelo y tengamos el mismo salario.

Declararemos el fin de la tiranía de la poesía, como medio para expresar las angustias existenciales, dando paso al stand up, los relatos de escritoras sin talento y las recetas de cocina, para desafiar la levedad del ser.  Solo así lograremos salir de aquí.

Últimamente ya no nos emborrachamos. Estar lucidos esta bien, pero sufrimos de craving. Hay días que lo pasamos realmente mal. Aún lloro, lo más dignamente que me permite la situación actual.

Tengo ganas de que todo esto sea un sueño. Tengo ganas de recuperar mi vida y vivirla de manera radicalmente distinta. Por favor, una última oportunidad, seré agradecida.

Me abrazo con compasión.

La Bella Consuelo de 30 años.

PD: Estas fotos son las primeras hechas al Mundo Cruel, con la cámara que me regalo el Fabri.

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