En 1972 Jane Fonda y Joan Baez visitaron Hanói. Una ciudad que había sido duramente bombardeada por el ejército de Estados Unidos, durante la Guerra contra el Vietcong. Las activistas documentaron los efectos devastadores de la guerra en la población civil a través de fotos de hospitales, escuelas, barrios obreros y monumentos históricos arrasados.
Casi 40 años después con la emoción a flor de piel puse por primera vez un pie en Asia. Llevaba, de inicio, la tristeza de saber que no pisaría la mítica Saigón, (ahora Ho Chi Minh city). Sí, la certeza de que conocería Hanói reconstruida, como no la imaginaron la Fonda y la Baez.


Hanoi es una ciudad caótica y multicolor. Alegre y bulliciosa. Las aceras están tomadas por los puestos de comida y la calle está compartida por los peatones, las motos y los carros. En Hanoi hay 5 millones de motos en una ciudad de 8 millones de habitantes. Bendito caos.








Vietnam ostenta el récord Guinness por ser el país con más trastos con motor en el mundo. De hecho, ni bien llegamos, la chica más amable del hotel nos explica las reglas básicas. Si eres peatón cruza la calle despacito, los motoristas te ven, no grites; no les pidas parar con la mano, porque está considerado una grosería hacerlo; no te impacientes, toma aire y no lo sueltes hasta llegar a la vereda de enfrente. Más fácil decir, que hacer. Cuando ves una multitud de motos encarándote no puedes reprimir unas ganas locas de gritar y correr.
En el Barrio Viejo uno de los mayores atractivos es la calle del tren, que ofrece una mesita en primerísima fila para que a las 7.30 que pasa el tren con sus vagones, aproveches para saborear postres y jugos multifrutas.
En Vietnam la comida es deliciosa y está por todas partes. Nos movemos a través de calles abarrotadas de puestitos que sirven de todo: rollitos fritos, sopas, fideos y dulces; la presentación de los platos es llamativa; el olor muy particular, sobre todo para las que no estamos acostumbradas a la mezcla entre las especias y el coco, el tamarindo, la cúrcuma, el curry y otras que no supe distinguir o nombrar. No hace falta ir a restaurantes caros, los pequeños locales y la calle son los mejores lugares para comer.


La guía de viaje dice que no tengas miedo de comer en dónde te garre el hambre y es que en una ciudad con tanto movimiento la gente no tiene tiempo de volver a casa y cocinar; la comida de la ciudad, destinada a alimentar a millones, es barata, deliciosa y confiable.
Luego de atiborrarnos de caldos y rollitos vamos a visitar templos. El budismo vietnamita es una curiosa y fascinante combinación de vertientes filosóficas y se asemeja más a una ética de vida que a una religión. En Vietnam la gente venera a sus antepasados y creen que son éstos los que desde el más allá, velan constantemente por los vivos.


Bahía de Ha-Long
Para alejarnos del bullicio de Hanoi, vamos a la región de Ninh Binh, donde visitamos Tam Coc o Bahía de Halog. Aquí paseamos en bicicleta y navegamos por un brazo del mar en una barquita para dos personas. Como el trayecto es de ida y regreso, para repostar fuerzas paramos, en la barca-tiendita y compramos unos oritos (bananas chiquitas), otra fruta muy similar a la chirimoya y dos botellitas de té de marca local. Con las fuerzas que nos quedan subimos al monte por quinientos escalones y disfrutamos de unas espectaculares vistas de la zona.


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De la Bahía de Ha Long solo hemos podido recorrer un número reducido de las 1969 islas monolíticas, recubiertas de un color verde de densa vegetación. Recovecos de mar y montaña, que dan la impresión de ser el lugar perfecto para esconder tesoros. Las islas más grandes están habitadas. En una de ellas paseamos y probamos aguardiente de hormigas, serpientes y gusanos; por supuesto, como no, todos los brebajes se venden con la muletilla de «afrodisíacos», porque eso vende en todos los idiomas y nacionalidades.







Sapa
Cambiamos el mar por la montaña para ver las plantaciones de arroz, típicas del paisaje vietnamita, y descubrimos que estas montañas amables a simple vista son difíciles de transitar, si una no está habituada. Por suerte una mujer de unos 50 años y una niña de 12, de la etnia H´mong, fueron nuestras guías. Solo al final del viaje, cuando tuvimos que pagar, entendimos que no eran parientes y que habíamos aceptado dos guías sin saberlo. Ningún arrepentimiento, las dos aportaron su visión particular de la montaña y no escatimaron en mostrarnos todos los ángulos del paisaje: las terrazas de cultivos de arroz, los campesinos trabajando, el ganado pastando, los niños quemando la paja seca y las casas del pueblo.

Las mujeres H´mong van muy elegantes con sus ropas del día a día, pero cuando se ponen de fiesta, van preciosas; el nivel de elegancia lo define el pantalón de diario o la falda de fiesta.
La población sobrevive gracias a los cultivos de arroz, el turismo y a las artesanías que nos venden. Una economía de auto subsistencia, en el que los búfalos juegan un papel relevante, porque proveen a la población de leche, carne y bosta para abonar la tierra o como combustible para el fuego.



Luego del paseo, al final de la tarde, la lluvia se hace presente, el olor a tierra mojada lo invade todo. Nos sentamos en nuestro sencillo hostal en donde nos sirven café calentito en tazas de fierro enlosado que nos queman las manos. Aquí estamos, solo los cuatro y nuestros libros. El único pensamiento posible es qué bonita es la vida cuando nos regala estos momentos perfectos.
Hue
Hacía el final del viaje, nos movemos hacia el centro de Vietnam en busca de un conjunto de templos hindúes abandonados y parcialmente en ruinas: QUANG NAM, el Santuario de MY SON, construidos entre el siglo IV y XIV por los reyes Champa. Antes de la guerra con EEUU había más edificaciones que fueron destruidas por bombardeos gringos, que los consideraron posibles escondites para el Vietcong. Durante la visita supimos que muchos de los templos están dedicados a la veneración del dios Shiva, que en Vietnam toma el nombre de Bhadreshvara.







Llegamos a Hue, la última ciudad del viaje. Esta ciudad es considerada la capital cultural, política y religiosa del Vietnam unificado del siglo XIX. Allí visitamos los famosos mausoleos reales. Edificios lujosos que generan sentimientos encontrados por ostentosos y bellos. Los emperadores Kai Ding y Minh Mang tuvieron súbditos con buen gusto y su muerte fue homenajeada con la construcción de hermosos recintos amurallados con jardines, bibliotecas y patios interiores.







En vida cada emperador construyó una ciudad imperial que le garantizaba una vida placentera. Y es que estas ciudades amuralladas debían tener todo lo que la familia real necesitaba: teatros, espacios pedagógicos, casas para la burguesía y la servidumbre. Los monarcas y sus familias no podían mezclarse con el pueblo y vivían en permanente confinamiento real. Aunque no todos los emperadores tenían buen gusto, todos tenían gustos muy caros.
La religión oficial del país es el budismo. Enormes y grandilocuentes estatuas doradas de budas brillantes, sentados en sus altares reciben frutas, galletas y licores; las abundantes ofrendas son para él dios, pero también para los antepasados que cuidan de los que se han quedado.
Hoi An
Nuestra última parada en Vietnam es Hoi An, una ciudad que posee un hermoso centro histórico, un antiguo imperio mercantil portuario (siglos del XV al XIX). Una de las joyas urbanísticas es el Puente Japonés que fue construido a principios del siglo XVII por la importante comunidad japonesa que vivía aquí. Esta misma población, unas décadas después, tuvo que abandonar Vietnam forzada por la política de los nuevos gobernantes nipones de cerrar completamente su país al exterior.








CAMBOYA, Siem Reap.
Dejamos Vietnam y aprovechamos la corta distancia que lo separa de Camboya visitamos el parque arqueológico de Angkor, que son nada más y nada menos los templos en los que se inspiró la escenografía de Mowgli, del famoso Libro de la Selva.

Angkor Thom es una de las ciudades reales más impresionantes del período Ankor (S IX -XV) y una maravilla urbanística. En el apogeo de su poder, el Imperio de Angkor (también llamado Imperio Jemer) controló gran parte del actual sudeste asiático continental; sin embargo, el centro de su reino siempre permaneció en Angkor, en lo que hoy es Siem Reap, Camboya.
Comenzamos por la Puerta Sur de la gran Ciudad de Angkor Thom, donde exploramos la pieza central, el Bayon, conformado por 54 torres y 216 caras sonrientes del rey Jayavarman VII, construidos en el año 1200 dc, con expresión misteriosa o sarcástica, dependiendo del humor que tengas durante la visita. También son un bonito recordatorio de cuán narcisista puede ser la realeza en su afán de ser recordados hasta la eternidad.


En el basto Ankor paseamos por Recintos Reales, terrazas, estatuas y una infinidad de templos. Pasamos días, recorriendo una ciudad que contiene siglos de historia. Hiela la sangre ver la enormidad de este complejo e imaginar la cantidad de personas que al igual que nosotros transitaron desde en el SXII DC, hasta nuestros días, por estas calles.





Para despedirnos a la altura de todo lo visitado, en el puente que marca el límite de salida de la ciudad, enormes estatuas, que representan los demonios de Angkor Tomb, forman hileras de guardianes, una a cada lado, hacen de la despedida ese momento memorable y difícil de olvidar.


La vista final en nuestro trayecto es un enorme Buda rodeado de velas y túnicas rojas, pertenecientes a los monjes, que a pesar de la decadencia del imperio y del abandono de los templos durante siglos, permanecieron en Angkor Wat, hasta que un grupo de arqueólogos franceses lo «redescubrió» para contarle al mundo de su existencia.

Con la sensación de que somos una mota de polvo en la línea temporal del universo, volvemos a casa más budistas, contentos y algo más sabias.
Doy gracias, a mi amado compañero de viaje, por compartir conmigo, para este texto, algunas de sus hermosas fotos.


























