Escribo apurada antes de que el sueño y el calor me venzan.
Me gusta el reto de poner palabras a los olores y sensaciones nuevas. Venía de una zona verde, húmeda, fría, y al llegar al norte de Nigeria mis sentidos entraron en un shock de color terracota.

Aquí todo está unido a la tierra, el aire huele a polvo y el campo visual es limitado por las infinitas partículas que levanta el viento, formando una película arenosa que dificulta la visión, dando la impresión de que intentas mirar a través de una neblina de polvo.

Durante el trayecto desde el aeropuerto a la ciudad, al borde de la carretera, encontramos una multitud de gente vendiendo atados de madera, que se usa para cocinar. Completan el paisaje los kekenape o tuctuc, pequeños motocoches “made in India”, que llenan el paisaje como hormigas en tránsito al bote de azúcar dejado a la intemperie. Están hechos para transportar dos pasajeros, pero yo una vez conté seis personas y dos bicicletas.

Mires desde donde mires, Abuja, parece un rompecabezas en el que las fichas han sido colocadas a la fuerza por un niño sin paciencia. Un laberinto de calles de asfalto, rodeadas de arena amarilla y fina, surcada por casas de dos pisos y edificios de tres, de ladrillo visto o pintados de colores, pero parecidos entre sí, haciendo irreconocible, para los extraños, cualquier punto de referencia. Los coches van al límite de lo posible, al borde de colisionar en cada esquina. Una cotidianidad que a simple vista parece imposible, como si cada día llegase toda esa masa de gente para inventar lo que puede ser y lo que no.
Los fines de semana me devoro una tilapia de río con plátano asado (para sentirme cerca de casa) y una Star (la cerveza local). En el mercado compré coloridas y hermosas telas. Aquí es mandatorio sobrevivir con lo mínimo, porque, aunque tengas dinero para gastar, no existe el nivel de posibilidades de consumo al que estamos acostumbrados en Latinoamérica. Ser austera y ecologista es una situación impuesta por la oferta limitada.
Por supuesto, también puedes gastar mucho dinero si te gustan las cosas importadas y quieres pasar tiempo en los barrios en los que se ha occidentalizado el consumo asociado al lujo.

Mi trabajo se desarrolla en zonas de conflicto, así que luego de una semana disfrutando de las comodidades de la capital, tomé una avioneta para volar a Maiduguri y a Pulka. Las dos ciudades están en la zona norte del país, que es señalada como pobre e inculta porque, a diferencia del sur, el matrimonio entre el estado y religión sumerge a la población en un realismo mágico complejo de entender y que regula las relaciones sociales y económicas.

Desde la avioneta que nos transporta se extienden ante nuestros ojos vastas zonas de ciudad, que mientras más te acercas al suelo más se antojan caóticas y superpobladas, como el resto del país. No hay campos verdes, tampoco ríos con aguas cristalinas, pero la riqueza tiene muchas formas y Nigeria es un país rico en petróleo. La riqueza no se ve a simple vista, la desigualdad sí.

En Maiduguri me llama la atención la cantidad de niños pequeños, de entre 3 y 7 años, pidiendo limosna o haciendo trabajos extremos para su edad: cargar leña, cuidar animales o a otros menores que ellos. La gente explica las historias de su tierra y la de estos niños es desgarradora. La tribu Kanuri permite a los hombres tomar las esposas que quieran y los exime de contribuir para la manutención de los hijos e hijas que resulten de estas uniones. Las madres se quedan con las niñas, a las que casan a partir de los 13 años y abandonan a los niños, a partir de los 5 años para que sobrevivan en las calles. Nacer varón es una sentencia a una vida de miedo, maltrato y abandono.
Mucha gente dice que en unos años estos niños harán parte de las filas de Boko Haram.
Boko Haram es un grupo armado que desde el año 2002 opera en el norte de Nigeria. Su objetivo fundamental es el establecimiento de la Sharia: el rechazo de las leyes, la educación y todo símbolo de ordenamiento propio del mundo occidental. En el país y en el mundo son conocidos por su violencia extrema porque asesinan, raptan a menores de colegios y las obligan a inmolarse en ataques suicidas contra civiles y en lugares públicos. Lo apoyan etnias locales como la kanuri y exlíderes políticos y religiosos nigerianos que también se oponen al Gobierno.
Conservo en la memoria la fotografía mental de ciudades asoladas por la violencia, se han quedado los pobres, los que han perdido sus tierras y la gente desplazada de sus hogares por el conflicto armado. Las familias que todavía poseen su tierra dependen enteramente del trabajo duro, en suelo árido, intentando asegurar economías domésticas de subsistencia.

Pensando en la guerra y en los movimientos armados, en África y Latinoamérica, me pregunto ¿de dónde proviene el tráfico de armas hacia países que no las producen? El cinismo del llamado primer mundo hace que me hierva la sangre.
Por la TV vemos un país que no se parece en nada a la región en la que trabajamos. La riqueza del país está en el Sur y es que en 2020 Nigeria está considerada la mayor economía de África y el petróleo representa el 90% de sus exportaciones, que la ubican como el 12º mayor productor del mundo. No llegué a conocer Lagos, la excapital del país y actual centro económico; sin embargo, las noticias muestran imágenes de edificios modernos, autopistas y monumentos que imponen.
Nigeria es un país enorme y diverso, yo escribo solo desde mi experiencia; la naturaleza de mi trabajo hace que esté en contacto con las realidades que se viven en los campos de desplazados. Las condiciones sanitarias son uno de los mayores problemas del país. La esperanza de vida se sitúa en torno a los 54 años de edad, según la Organización Mundial de la Salud, casi 20 años menos que el promedio global. Una de cada trece mujeres muere en el parto, uno de cada cinco niños fallece antes de cumplir los 5 años y apenas hay 0,4 médicos por cada mil personas. Las cifras de desnutrición infantil y los embarazos de niñas y adolescentes son escandalosas.
Camino entre gente que lleva viviendo años en tiendas de campaña construidas por alguna agencia de cooperación. El agua es escasa, la comida más aún. A pesar de todo no dejo de ver destellos de curiosidad, sonrisas y gritos en todos los pequeños que encuentran en las personas mestizas, que visitamos los campos, una distracción. Los ojos de las abuelas no brillan, las voces de los padres suenan graves y preocupadas, las madres ruegan por más pozos de agua y atención médica.

Despojados de todo lo que tenían, golpeados por la violencia, sin posibilidades de trabajar y forjar un futuro, la marginalidad les devuelve la imagen de una vida que les ha convertido en “efectos colaterales” del conflicto. Camino entre un río de pequeños que vienen a saludar. Sunanka, repito una y otra vez el saludo en hausa, el idioma local, (a diferencia de la capital donde se habla Yoruba).
No los fotografío, ni siquiera llevo mi cámara. Respeto su derecho a ser vistos como niños/niñas. Deseo que algún día encuentren fuerza para defenderse y tomar su futuro y el de sus hijas e hijos en sus manos.
La tercera semana me desplazo hacia Damaturu, otra ciudad golpeada por la violencia. El mismo día de viaje, en una carretera opuesta a la que tomamos, tres chicas explotan los cinturones llenos de explosivos que llevan pegados a sus cuerpos, en un mercado local.

Cientos de heridos y una veintena de muertos en el pueblo de Konduga, muy cerca de Maiduguri, la población de referencia en el noroeste del país. Todas las víctimas son civiles.
La noticia nos deja en silencio. Miro por la ventana del coche a la gente que camina por la carretera, la gasolina escasea, el transporte público consiste en algunos taxis atestados de pasajeros y exceso de carga. Ese día todo parece gris y triste.

Me quedo con la idea de que la gente se aferra a su tierra, cada tribu conserva costumbres y el idioma, algo que también pasa en mi país. Me da pena cuando confieso que no hablo Quichwa y que para mi familia el español es la lengua materna, que nunca tuve oportunidad de aprender, por culpa del racismo que nos hizo sentir vergüenza de nuestras propias raíces.


Al final de mi viaje, pienso que el anhelo por una vida mejor es legítimo y la esperanza es lo último que se pierde. Nigeria es el sexto país más poblado del planeta y existe una gran expectativa porque se convierta en la potencia del continente negro. Espero que en algún momento la noticia de su crecimiento económico me sorprenda y las cosas empiecen a mejorar para la gente que necesita y merece respeto y justicia social.
