Barcelona.

17.09.2017. Alrededor de las 5.30 de la tarde suena el teléfono. Contesto. Es mi esposo, que con voz grave dice: “Eu, mira las noticias, parece que ha habido un atentado terrorista en las Ramblas. Vamos hablando, no salgo de la oficina sin antes llamarte.”

A diez minutos de su trabajo ha ocurrido una brutal agresión. En las noticias hablan de una furgoneta que atropella y mata a 13 personas, hiere a más de 80, en un recorrido de 1.2km, desde plaza Cataluña hasta el Mosaico de Miro, en el paseo peatonal más visitado por turistas en Barcelona: las Ramblas de Cataluña.

¡Las Ramblas! ¡vaya salvajada!, pienso. Las Ramblas son ese lugar de la ciudad a donde detestas ir porque siempre está repleto de gente; pero que no puedes evitar porque la oficina, la ópera, los bares y las tiendas guapas están a su alrededor. De hecho, mis tíos estuvieron hace una semana de visita y, obviamente, fue el primer lugar al que fuimos. Un frío intenso me recorre la espalda.

Termino la reunión de trabajo en la que estaba, todos nos despedimos con la duda de la magnitud de lo ocurrido y con ganas de prender la TV para saber más.

La noche del 17 de agosto, es imposible hablar de otra cosa. Llamamos a la familia y publicamos en FB, para los amigos, que estamos bien. El susto es progresivo, al principio se siente como un hueco en el estómago, pero a medida que pasan las horas se revela la magnitud del evento. La cifra de muertes y la información sobre los ejecutores confirman que la ciudad ha sido tocada por la desgracia. Pasan las horas siguientes al atentado y más hechos violentos se suceden. Matan a todos los terroristas, el más joven tiene 17 años y el mayor 24. Otra tragedia.

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“Digamos que uno no tiene por qué amar aquel lugar al que pertenece, sino que uno pertenece a los lugares que ama.”, dice José Manuel Fajardo. Puede ser que muchos de nosotros habitemos un espacio temporal concreto pero confuso, difícil de amar. En el que las ideas propias y el discurso colectivo local no concuerdan; puede suceder también que esto nos impida encariñarnos con nuestra realidad, mientras idealizamos un mundo ajeno al que vivimos.

 

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Aunque para mí Europa: París, Bruselas, Berlín y ahora Barcelona, sean universos caóticos, violentos, que invisibilizan una parte importante de los problemas de su población migrante, mientras aplican una política anti migratoria racista, impuesta por los gobiernos de turno; también sé que son ciudades y pueblos posibles de amar porque hay muchas formas de habitar y ser, en la ciudad.

 

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En este contexto, la Ramblas y las calles aledañas, llenas de gente gritando: No Tinc Por (no tengo miedo), abren el debate sobre cómo la violencia gratuita, sobre inocentes, es el modo de hacer visible, lo invisible.  Empezando por la complicidad cobarde de Europa con las monarquías sangrientas de Medio Oriente y concluyendo por la enorme maquinaria de información/ opinión que se pone en marcha, desde los círculos de poder, para evitar preguntas incomodas y zanjar la cuestión, como un “acto de barbarie, perpetrado por fanáticos islamistas”, ¡punto redondo! La pedagogía del miedo que se nutre de la barbarie.

Por supuesto, del otro lado, la reflexión es algo más complicada: los atentados son perpetrados por jóvenes que vivían con sus familias y trabajaban en Ripoll, una ciudad cercana a Barcelona, acogedora de migrantes. Los vecinos testimonian que eran chicos listos y que todos estaban perfectamente integrados a la sociedad catalana. El gran interrogante es ¿qué significa “perfectamente integrados”? Y qué hacer ahora que este potente significante ha sido vaciado de sentido.

¿En qué medida se pueden relacionar los bombardeos a poblaciones civiles y la destrucción de Estados y naciones en Oriente Medio, por parte de los gobiernos de Occidente, (que negocian con petróleo y la venta de armas), con los atentados? ¿Dónde buscamos/encontramos las respuestas?

Lo que no denuncian los medios lo denuncia el pueblo. A la marcha convocada por los gobiernos locales de Barcelona, la ciudadanía acude para rechaza el terrorismo religioso y el de estado, por igual: “imagina un estado que no venda armas”, dicen las pancartas; “quien quiere la paz no trafica con armas”, subrayan en alusión a los negocios del gobierno español con la dictadura de Arabia Saudita; “queremos paz”; “la mejor respuesta, la paz”; “no a la islamobofia”.

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Días después, en familia, vamos a la Rambla. Para mostrar nuestra solidaridad con la gente herida y, mientras reflexionamos sobre lo ocurrido, encendemos velas, en uno de los altares improvisados por la gente, en memoria de las víctimas. Descendemos en dirección al Mar, entre flores, notas de condolencia, dibujos, velas y banderas varias; distribuidas a lo largo del paseo como una forma colectiva de lidiar con el dolor, la confusión y el temor.

La explicación para los hijos, aún pequeños, es que hay gente que puede llegar a matar porque se ha convencido de que solo sus ideas son válidas. También les explicamos que los chicos que cometen los atentados son muy jóvenes (entre 17 y 24 años), y que, seguramente necesitaban reafirmar una débil identidad, a través de un acto que consideraron “heroico”.

Para nosotros, los adultos, este es un hecho que jamás llegaremos a entender en su real magnitud. Sabemos que la gente de Ripoll, donde vivían los asesinos, consideraban que estaban integrados. Pero siendo yo misma migrante, sé que la sociedad catalana es acogedora, pero la rige una igualdad formal, en la que no todos tenemos los mismos derechos; los musulmanes, al igual que otras minorías, no poseen una representación directa en los gobiernos locales, lo cual dificulta una comprensión cabal de sus costumbres y del ejercicio de su religión. Todos estos factores pueden juntarse y lograr que alguien se sienta como extranjero en su propio país, más aún cuando estos actos violentos permiten a sujetos desubicados, carentes de educación y escrúpulos, criminalizar por la apariencia a quien “se ve como musulmán”, (incluidos los medios de comunicación, pero este es otro debate).

 

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Cada vez que escucho las sirenas de la policía o de las ambulancias, pasando cerca de casa, se me acelera el corazón y no puedo evitar quedarme estática por segundos. Cuando recupero la calma pienso en el NO TINC POR, (no tengo miedo), que gritaba la gente en Las Ramblas para exorcizar el miedo. Me doy cuenta de que no lo he pronunciado nunca, porque yo sí tengo miedo: a los fanáticos religiosos, los neo nazis, a la radicalización de la política hacia la derecha, a la militarización de las ciudades, a la suspensión de derechos básicos como la libre expresión o la libertad de movimiento.

 

La prensa sensacionalista anuncia la continuidad de la guerra declarada por ISIS a las “democracias occidentales libres”. Personalmente tengo la sensación de que la guerra se he declarado, como lo dice Roitman, a la libertad de pensamiento, al pensamiento crítico que desnuda el poder, sus falacias y miserias. El proceso de deshumanización se ha acelerado y parece que solo queda ser conciente, (volver a la militancia del pensamiento critico), sobre la importancia del respeto (no la tolerancia) por la cultura y la forma de pensar del otro-diferente- Reflexionar sobre la realidad, como un acto de resistencia porque, al parecer, nos va la vida en ello.

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Como lo denuncian los movimientos anti belicistas: “Vuestras guerras, nuestros muertos”, aquí y ahora Europa esta saturada de una modernidad beligerante y cada vez más racista. Luego de los atentados espero que Barcelona no pierda su mirada multicultural y el respeto por las diferencias identitarias, que hasta ahora ha sido parte tan importante de su propia identidad como ciudad.

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