Antes mi amiga y yo íbamos solos al museo. Ahora viene con nosotros su novia: alta, fuerte, pelo grasoso, ni guapa ni fea, con tatuajes que asoman por debajo de una americana con hombreras.

Al principio todo parece normal. Recorremos los pasillos, nos detenemos allí donde la atención nos lo pide, comentamos, nos reímos, casi siempre nos burlamos de algún elemento o texto. En el museo ella conduce; voy por ella, porque es su lugar favorito, ella es la experta y yo su reflejo. Imito con exactitud sus gestos, las expresiones de placer o disgusto.

Sin embargo, la novia no hace lo que nosotros. Inclina la cabeza cuando no debe, habla cuando todo el mundo calla, pasa por delante de la pantalla en una proyección de video. Cuando debemos ir a la izquierda, ella entra a la sala por la derecha. Lo hace todo mal, como si llevara la contraria.

Entonces mi amiga me abandona. Ahora están las dos juntas, caminando de la mano. Me miran, la novia susurra un secreto, otra vez me están mirando y ríen discretas. Me siento como un cuadro: observado, juzgado. Les doy la espalda, me resisto a ser parte de su juego. Consulto internamente al hombre de cincuenta que soy, ese que tiene opiniones firmes sobre casi todo, y no encuentro protocolo para esto.

No quiero ser el Otro. Toda mi vida he sido yo el que ha mirado. En el museo, en la calle, en las relaciones. Soy del tipo que mira. Y de repente, aquí, en este templo de la cultura, me siento flanqueado por dos mujeres que se ríen de un secreto que no me pertenece, descubro que soy yo el cuadro. Simone de Beauvoir lo llamaría poetic justice.
Quiero pertenecer, quiero ser parte de su experiencia. Mientras decido qué hacer, cómo comportarme, me escondo en las instalaciones de colores, me mimetizo con las obras, tarareo la música que se repite cíclicamente, busco la oscuridad, evito las salas con mucha luz. Quiero que me busquen, que se pregunten dónde estoy.


Intento quitarle la credencial al guardia aburrido que mira el celular, pero mi gesto es tan exagerado que él se ríe y no cede. Piensa que es una broma. Quizás lo es. No sé porque he sido tan infantil.
Intentando remediar mi vergüenza, me quedo quieto, paralizado, en pose, junto a una escultura abstracta. Una señora tan mayor como yo fotografía la escena. Me pregunto si creerá que soy parte de la obra. Cierro los ojos. No me muevo.

Pasa la guía del museo y me uno al grupo para escucharla: «Como pueden observar, en el museo todas somos espectadoras en construcción. Eso significa -como lo dice en el folleto- que somos amagos de seres ilustradas intentando descifrar la esencia contenida entre un cúmulo de trazos, espejos, discursos textuales, proyecciones, rarezas e instalaciones. Se puede sentir la belleza desde la entrada hasta la tienda de regalos, (el grupo ríe). El arte mejora el sentido del humor y de la estética. En caso de necesidad, hay baños a la derecha«.

Entonces cada una me toma de un brazo. La novia dice: «Tienes razón, este sí pega en esta sala.» Se ríen. Saco el celular para una selfie de tres: quedan guapísimas y yo me siento parte de algo. En la tienda del museo compro una postal de la escultura con la que me mimeticé y se la regalo a la novia de la americana con hombreras, que, por cierto, no le queda mal.
Salimos a la ciudad, que seguirá siendo violenta, ruidosa y estúpida como siempre. Pero durante un momento, dentro, había sido parte de algo. No supe si fue el arte o ellas. Supongo que en eso radica la virtud de ambas cosas: en no poder distinguirlas del todo.
