El Placer de Odiar.

«Así que cuando la señorita Mitten, la misionera australiana (…), les regalo a Estha y Rahel un libro para niños pequeños, Las Aventuras de la ardilla Susie, (…) se sintieron profundamente ofendidos. Primero lo leyeron al derecho. La señorita Mitten, que pertenecía a una secta de cristianos renacidos, dijo que la habían desilusionado un poco cuando le leyeron el libro, en voz alta, pero al revés (…)  Le enseñaron a la señorita Mitten que palabras como malayalam o madam se podían leer al derecho y al revés y seguían significando lo mismo. Aquello no pareció hacerle ninguna gracia y al final resultó que ni siquiera sabía lo que era el malayalam. Le dijeron que era la lengua que hablaba todo el mundo en Kerala. Ella respondió que siempre le había parecido que se llamaba keralés. Estha, que para entonces ya sentía una evidente antipatía por la señorita Mitten, le contestó que le parecía que era tontísima.

La señorita Mitten se quejó a Baby Kochamma de los malos modales de Estha y de que los dos niños leyeran al revés. Le dijo a Baby Kochamma que había visto a Satanás en sus ojos. sánataS ne sus sojo.

Les hicieron escribir: «No volveremos a leer al revés. No volveremos a leer al revés». Cien veces. Al derecho.

Unos meses después, la señorita Mitten fue atropellada por un camión de reparto de leche en Hobart (…) Los gemelos consideraron que había un justo castigo en el hecho de que el camión que la atropelló fuera marcha atrás.» El dios de las pequeñas cosas. Arundathi Roy.

El deseo de venganza es un deseo de justicia, un sentimiento natural que conocemos muy temprano en la vida. Si la señorita Mitten ha humillado a Estha y Rahel, es normal que él y ella le deseen mal.

Entre culpar y perdonar, algunos escogemos la primera cuando la justicia no alcanza o no llega, porque no siempre nos dará la razón incluso puede que reformule la gravedad de lo ocurrido para dejarlo pasar.

Hablar de vendetta, es hacer referencia al odio como sentimiento puro y justificado. No es resentimiento o asco, por ejemplo, el que pueden llegar a provocar personajes de la cultura como el bodrio soporífero escritor Pérez Reverte.

Más bien es hablar del yo particular, del ser que odia, del sentimiento nacido del agravio. Odio en su máxima expresión: desear que cosas malas le sucedan a la persona señalada como responsable de la ofensa. Por supuesto, no a todas las personas malas la vida les pasa factura. Y algunas veces el tiempo que se ha de esperar es largo y la vida pone a prueba nuestra paciencia. Al fin y al cabo, la venganza es un plato que se sirve frío.

Sin embargo, cuando sucede es algo que provoca un fugaz y poderoso sentimiento de placer, incluso si el dolor ha sido superado.

La gente cree, equivocadamente, que el odio no reporta recompensa alguna, como sí lo hacen la generosidad o el perdón. Este error ha hecho que sea un sentimiento que se combata, que se invisibilice, como un virus que carcome y corroe a quien lo incuba.

Esto no significa, al menos no en mi caso, estar preocupada por maquinar eventos para perjudicar al ser odiado. Me basta con saber que el curso de la vida le ha deparado situaciones malas, para sentirme redimida como Estha y Rahel.  Innegablemente hay un espíritu de revancha, pero este no se traduce en una actividad directa para causar daño. Si la hubiera, pondríamos en entredicho nuestra salud mental, porque la alegría de lastimar o agredir, sería propia de una sociópata. Por el contrario, la alegría de la persona que odia radica en esperar la acción del karma y que la vida te devuelva lo que te mereces, hablando en términos adversos.

El único requisito para reclamar venganza es expresarla a través de una maldición. Nada de parrafadas inútiles o retorcidas, la ira se debe expresar en una sentencia firme: Ojalá que la vida te devuelva toda la mierda que has esparcido; Confío en que la vida encontrará una forma de hacerte pagar el daño que me has hecho; Te deseo el peor de los males, aquel que no puedo ni imaginar; Cuando te mueras haré una fiesta en tu tumba.

He de reconocer que cuando la persona odiada muere, se ha hecho un grave daño o ha perdido todo en la vida, el odio se desvanece y el resentimiento remite. En su lugar, aparece una sensación de alivio y paz. El ser detestado es olvidado y en la cuenta personal, el agravio se archiva.

Si dudas de mi experiencia busca en tus recuerdos al ser que jugó con tus sentimientos, que manipuló tu buena fe, que te humilló o ninguneó y que después de hacerlo mostró una tranquilidad de consciencia miserable. Seguro que tu memoria guarda en algún rincón esa situación incómoda, hostil, como uno de los peores momentos de tu vida. Qué suerte de aquellas que olvidan pronto. Qué mala para las que, como yo, no podemos olvidar.

¡Cuidado!  Porque si tu memoria no guarda un recuerdo repelente puede que estés en la categoría de persona odiada.

En fin, recapitulando para confirmar que nos entendemos. Cuando se ha decidido odiar es recomendable no perder la lucidez, ponernos en modo de infinita paciencia y sentarnos a esperar la condenación de la persona señalada por el mal que alberga en su interior. Este odio, a diferencia de cierto amor o empatía, es honesto, directo y, por supuesto, carente de agresividad. Para que el deseo de venganza no envenene a su portador, tiene que contenerse, si se lleva sin amarras puede ser altamente nocivo y sus consecuencias devastadoras para la persona que odia.

Puede pasar que, al albergar un profundo odio durante un largo periodo de tiempo, empieces a humanizar al ser odiado, imaginarse qué duros eventos tuvo que sufrir en su niñez para ser una persona tan despreciable. No te preocupes, es normal y muestra humanidad.

El que odia debe trabajar sus dudas y no quedarse estancado en la frustración. Odiar enseña que la búsqueda de olvido, sin una específica demanda de perdón, no es posible, ni deseable.

En este punto, una vez expuestos mis argumentos, me gustaría compartir un par de situaciones que confirman la teoría aquí expuesta.

Una chica y un chico enamorados, nada más fácil y natural en el mundo. Sin embargo, como la vida es retorcida y lo simple está infravalorado, a esta historia le hace falta un detalle: la novia no es la que papá y mamá elegirían para el hijo, no soportan que el amor contradiga el futuro que han trazado para su vástago y, para que la vida se amolde a sus deseos, se dedican a meter cizaña de forma solapada. Así inventan un bonito pasado de vergüenza para la novia. El objetivo es asegurar que la humillación pública haga recapacitar al joven vástago que “descubre” un aborto en Lima, pagado por un hombre casado; un historial de chica fácil y pobre que se va con cualquiera; y, la guinda del pastel, desvelar las artimañas de mujer mayor (apenas 5 años) que ella usó para seducir al hijo, seguramente con el plan de quedarse embarazada. Pobre hijo, puta bruja.

Tu retrato.

A la maldad personal, hay que sumarle la bajeza de todas las otras familias deseosas de demostrar su lealtad al círculo de los que tienen la sartén por el mango. Y ya se sabe que para pertenecer solo tienes que rechazar y ayudar a hundir a la señalada.

La chica se llama Serena y una noche de abril, no muy fría, ella volvía a su ciudad natal, luego de casi 10 años de haberla abandonado a causa de envenenados rumores que se esparcieron sobre ella. Su abuelo, el último pariente que le quedaba, murió y debió regresar para el entierro y demás trámites. La muerte del viejo ponía fin a años de angustia, por fin los viejos estaban juntos. Por fin ella podía marcharse para nunca más volver.

Volver luego de años de ausencia hacían que la ciudad se sintiera ajena a ella y a su vida, sin embargo, no podía evitar reconocer la familiaridad de las calles y recordar su infancia y juventud viviendo en Vilamarga.

Serena descubrió que el odio a la familia de su ex estaba allí, intacto. Incluso recordó la maldición que les echó: Te maldigo a sufrir por tu maldad lo que te queda de vida.

Durante su estancia en la ciudad solo pensaba en no tener la mala suerte de coincidir con ellos. Sin embargo, a pesar del tiempo, la vida no había olvidado y a sus espaldas preparó la venganza para que coincidiera con su última visita a la ciudad. Omitiendo los detalles, la historia se cuenta rápido. Al tercer día de su estancia Serena descubrió el deceso del distinguido señor Bryan José Bohórquez, padre vilipendiador, muerto a los 59 años, por un cáncer en la boca, luego de un prolongado tiempo de sesiones de radio y quimioterapia y de dos cirugías: una para cortar la lengua y otra, parte de la quijada.

Estimada lectora, ¿no es acaso maravilloso que a un vilipendiador de primera se le pudra el órgano del que depende el habla?

Días después Serena supo, por la sección de sociales de La Gaceta, que la hija del ex casi suegro, muerto de forma espantosa, había sufrido un brote psicótico, causado por la mezcla de alcohol, cocaína y mucha tristeza y había intentado matar a la madre. Estaba pasando, por lo que podría llamarse, un duelo violento. La madre estaba en el hospital y la hija internada en un psiquiátrico.

Por si este ejemplo no te ha convencido, el segundo ejemplo, se cuenta rápido y es muy ilustrativo.

Cuando trabajé en el Pobre Diablo bar restaurante, conocí a Stalin. Un día mientras cerrábamos y poníamos fin al alcohol de todas las botellas con restos mínimos, solíamos agarramos una buena borrachera y me conto esta historia.

Stalin se había enamorado de Estela, una chica de San Benito me lleva el Diablo. Su primer amor fue una morena de caderas anchas y ojos negros. Luego de un breve romance, ella le convenció para casarse, así ella podría tener la residencia y quedarse con él. Entre la boda y el papeleo estuvieron casados cuatro años, hasta el día en ella recibió el pasaporte Vilanculense y durante la cena de celebración la mujer le comentó tenía otra pareja. El “novio recién descubierto” y Estela habían llegado como migrantes ilegales a Vilanculos y necesitaban los papeles para poder regularizar su situación. Una vez conseguidos le pedía firmar el divorcio para casarse nuevamente y regularizar su verdadero amor.

Inicialmente el dolor del engaño fue tan grande que le deseó mal, se planteó denunciarla y perseguirla hasta el último rincón para hacerle pagar su vileza. Sin embargo, al cabo de unos meses él se tranquilizó e intuyó, porque a veces nos permitimos tomar buenas decisiones, que lo mejor era alejarse de ella, no sin antes formular un deseo de venganza: te maldigo a una vida de miseria, ojalá pagues caro tu bajeza.

El destino que no perdona y tampoco olvida, le dejó saber a Stalin, como si de una coincidencia se tratase, que Estela y su novio habían sido engañados por una secta cristiana que se quedó con el poco dinero que poseían, tras 5 años de haberlos explotado. El novio de Estela, al verse en la calle y presa de la desesperación, se casó con la hija del líder de la secta. Estela se quedó sola y, como contaban en las noticias, había sido recogida por el Opus Dei, donde fue esclavizada por más de 15 años como sirvienta o numeraria auxiliar, el eufemismo que la Obra de dios usa para las mujeres que esclavizan, sin un salario y sin seguridad social. Stalin esperó 20 años para un día mirar ese rostro aun reconocible, ajado por las penurias de la mala vida. Ese día apagó la TV y no volvió a pensar en esa mujer.

Ciertamente, la satisfacción de saber que el destino ha consumado una venganza pendiente es breve. Es imposible poner palabras a la montaña rusa de sentimientos que se desatan en los pocos minutos que dura el placer. Sin embargo, la venganza permite cerrar círculos de frustración y dolor, que quedaron abiertos.

No podemos pedir a la vida mayor celeridad, puesto que la cantidad de penalidades que debe planificar debe ser altísima. Por el contrario, es recomendable quedar agradecida por haber podido vivir, en este mundo, en pleno uso de tus facultades, la reparación del agravio del que fuiste víctima.

Hoy, abiertamente, puedo confesar que cada día medito y odio a alguien durante unos minutos, solo para no perder la costumbre. Aunque hace mucho que no maldigo repito maldiciones como una plegaría que me protege contra los malos espíritus. El final del día, leo un koan o una historia zen para preservar la paz interior, que nadie tiene el derecho de arrebatarme.

«No estás muerto cuando dejas de amar, sino de odiar», Emil Cioran.

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