
Algún día la Virgen te bendecirá, Víctor, le repetía mi madre a mi hermano, un día sí y otro también. ¿Por qué a mí?, preguntaba él. Porque eres especial, eres un ser de luz, bondadoso y un día todo el mundo lo sabrá.
Con el tiempo, Víctor aprendió a amar al dios y a las vírgenes de mi madre, tanto o más que ella. Mi madre era devota de la virgen del Rocío y del Carmen, fanática de toda romería y procesión. El realismo mágico se había instalado en casa a través de la fe en lo divino, potenciando el amor entre Víctor, que veneraba a mamá, y mi mamá que adoraba a mi hermano. El dios de la cruz era el pretexto para ser inseparables.
Mamá vendía manteles bordados en el mercado central y papá fue alfarero, al igual que el abuelo y el padre de este. Éramos de una familia humilde que soñaba con dejar de ser pobre. Mi madre nunca se inhibió de convencer a Víctor de que algún día tendría todo lo que se propusiera. Él no soportaba ser invisible, hacía todo lo posible por llamar la atención, mientras soñaba con una casa con patio interior, hacerse la cirugía de la nariz, dejar de ser cholo y viajar de compras a Miami.
En su afán por ascender de clase Víctor tenía por únicas amigas a un grupito de niñas bien que había conocido en los escasos desfiles de moda que se hacían en Vilamarga. En su tiempo libre las chicas eran modelos de ropa y Víctor se había ingeniado para mostrar que era un excelente maquillador. Con los años fue aceptado como parte del grupo, aconsejaba sobre la ropa e incluso adiestraba a las chicas para llevar tacos. En los últimos meses no paraba de hablar de la Pitu Ganzoles, la mejor amiga de turno, a la que nunca vimos por casa, porque preferían la de ella, con piscina y empleada doméstica.

Hasta aquí todo normal, hasta el día que la Virgen se le apareció a Víctor.
La Virgen de Víctor le daba unos mensajes muy bonitos: hablaban del ímpetu de la juventud, de la santidad alcanzada a través de acciones solidarias, de las bendiciones a las familias para que acompañen el crecimiento de chicos y chicas y los guíen hacia una vida de valores cristianos.
La virgen nunca anticipaba cuándo aparecería. Mi hermano decía que era como un pensamiento que le invadía y no podía alejarlo de su mente, entonces ella florecía como una luz. Desde el momento en el que mi madre se lo contó a los vecinos, en casa siempre había un buen puñado de creyentes y curiosos que cantaban y rezaban, para sobre llevar la espera y ver a la virgen.

En un día con suerte nuestros vecinos y vecinas podían presenciar cómo Víctor tocaba la mano de su madre y con un leve apretón le indicaba que la virgen había llegado. Entonces mi padre los iluminaba con una luz, que hacía de candileja, con la esperanza de ver algo o alguien; sin proponérselo el efecto dramático ayudaba a que todas nos imaginemos que allí había una señora con manto azul, manos abiertas con el corazón de Jesús palpitante, hablándole a mi hermano.
Entonces la Virgen se iba, mi hermano transmitía su mensaje y la gente lloraba, le abrazaban y le besaban.

La Virgen de Víctor no le interesó a la Pitu y su grupo, que jamás de los jamases pusieron un pie en casa. Pero un día la cosa cambió y el principio del fin se desencadenó. Un jueves la televisión local, alertada por el chisme que había pasado de boca en boca, visitó nuestra casa y Víctor anunció que la Virgen lo visitaría porque tenía la voluntad de que todas las personas escuchasen su mensaje. Luego entrevistaron a Víctor y le pidieron que cuente a la audiencia nacional de Vilanculos lo que decía la Virgen y finalmente pasaron el micrófono a la gente del barrio, para que comente cómo vivía la experiencia.

Mi mamá lloró cuando vio a Víctor en la TV, siempre dijo que fue el momento más feliz de su vida.
Al siguiente día la señora Petra Pifia y su hija Pitu Ganzoles, llegaron a mi casa en persona e invitaron a Víctor, que dejó de ser solo Víctor y pasó a ser el Sr. Venenoula, a orar en su casa, en donde estaría la crema y nata de Vilamarga, es decir esas cinco familias que conforman el poder político y económico de la ciudad.
Víctor estaba encantado de ser su huésped. Nunca tuvo dudas en quedarse todo el tiempo que Petra y su hija lo retuvieran. Ellas por su lado, aguardaron pacientemente. Por supuesto, si alguien iba a ver a la virgen tenía que ser en un lugar decente, no en la casa de una chola vendedora de manteles. Cuatro semanas después Víctor anunció que tenía el pensamiento recurrente de que la Virgen lo visitaría esa noche, finalmente no apareció, lo que disgustó mucho a la señora Pifia. Pero lo hizo al día siguiente, sin todo el público y la parafernalia que había sido desplegada el día anterior.
Esta chica y su madre, acostumbradas a tener la razón, tenían una sorpresa preparada para mi hermano que él jamás hubiese podido imaginar.
El día y hora que Víctor vio a la virgen en la casa de las Ganzoles, la Pitu dijo que ella también la veía y empezó a suplicar a gritos que hiciera de ella un instrumento de paz y que usara su voz para hablar. Mi hermano estaba pletórico, lloraba y abrazaba a la chica, que luego de cinco minutos de éxtasis cayó de rodillas.

De pronto se hizo el silencio absoluto en una sala donde había pocas personas, que observaron expectantes rezando, llorando o simplemente en silencio. Cuando Víctor se dispuso a seguir con la aparición, aprovechando la repentina calma, la Pitu irguió su torso, levantó los brazos y la mirada al techo y habló con una voz delicada y con un perfecto acento castizo: Hijas mías, hijos míos, este es un tiempo de amor, de gentileza, de oración y de alegría. Rezad, para que un mártir nazca en vuestros corazones. Abrid vuestros corazones al niño dios, que se da a cada uno de vosotros. Mi hijo me ha enviado a ser alegría y esperanza en este tiempo. Por eso, rezad y leed la Biblia. Descubriréis el amor y la alegría, volved al rosario diario, usad mantilla, respetad los cultos en las iglesias. Trabajad duro. Reconciliaos con Dios y veréis recompensas en torno a vosotros.

No pasaron dos meses antes de que la gente olvidara a Víctor. La virgen de los Ganzoles era de mejor familia, tenía más contactos y salía todas las semanas en TV, con cualquier pretexto. También era organizada y tenía por costumbre aparecer los primeros domingos de mes.
Mi hermano nunca se recuperó del golpe. Cuando regresó solo y humillado de la casa de las Ganzoles volvió a ver a su virgen unas pocas veces más, hasta que un día pidió ver al obispo de la ciudad y a partir de ese encuentro hizo un voto de silencio absoluto.
Aunque mucha gente se reveló ante la idea absurda de que la virgen poseyera a la vidente, la mayoría de la población de Vilamarga empezó a acudir masivamente al rito de la aparición, todas querían escuchar a la Virgen hablar. A los pocos meses venían fieles de ciudades vecinas: Villaviciosa, Vilaseca y en menos de un año Vilanculos entero vino a escuchar.
Finalmente, el mundo, el Vaticano incluido, se rindió a los pies de la vidente.
Hay que reconocerle a la Petra Pifia, el golpe de efecto logrado, que no hizo más que crecer. En los tiempos de más afluencia de público, las apariciones se escenificaron en un lugar apartado de la ciudad, un gran escampado donde se congregaba gente que llegaba de rodillas, cantando o rezando al son de un gran altavoz que reproducía una voz varonil recitando el rosario.

En el momento del clímax religioso, llegaba al lugar la vidente y unas luces indicaban el camino, que la conducirían a una elevación, que permitía a todas las personas ser testigos de la luz que descendía de los cielos y se instalaba en el pecho de una hermosa joven de 17 años. Entonces hablaba con una voz fina y frágil, con un marcado acento de la madre patria, la prueba definitiva de que la voz pertenecía a un ser divino.
Para mí y muchas, era la prueba tangible del racismo y el arribismo de Vilamarga, pero obviamente a nadie le interesaba mi opinión. También hubiéramos podido debatir sobre los mensajes que se habían vuelto ridículos, infantiles, pero eso tampoco importó a nadie.
En los siguientes seis años de apariciones nada cambió, cuando llegaba la Virgen, la vidente entraba en trance, se echaba hacia atrás, dos pares de manos la sostenían por la espalda, la mirada dirigida al infinito y una virgen en su interior. La histeria era colectiva. La gente se arrastraba y revolcaba en el suelo, sollozaba mientras veían a su virgen particular. Es curioso como el éxtasis religioso es tan cercano al éxtasis sexual: gente murmurando o gritando: ¡puedo sentirte!, ¡ah!, ¡estás en mí!, ¡tómame! ¡oh!, ¡mmm!, ¡sí, soy tuyo!, ¡te amo!, ¡te quiero mi señora!, ¡no soy nadie sin ti!, ¡no me abandones!, ¡oh dios!, ¡aleluya! y un largo etcétera de onomatopeyas y frases de pareja en pleno acto de pasión, en pleno acto de creer.

En torno a la vidente estaban las Priostes, diez inversoras íntimas de la madre a las cuales la virgen había traído abundancia: sus hoteles, restaurantes y negocios estaban llenos de turistas religiosos. El grupo lo completaban los “Custodios de la Fe”, un ejército de jóvenes motorizados, fans de la Pitu y la virgen, encargados de abrir y asegurar el camino de la vidente, de entrada y salida, al lugar del ritual. En resumen, una panda de fanáticos, engreídos, con pinta de matones.
Ahora que pienso en todos ésos años, siento una profunda compasión por la pobre María Cristina Ganzoles Pifia –Pitu-, que recitó los monólogos de una virgen que agotada y explotada cada mes repetía lo mismo. Cuando la virgen desapareció, la Pitu se fue con ella y nunca más se las volvió a ver. La señora Pifia dijo que vivían en Miami; otra gente cercana a la vidente, porque amigas no le quedaban, que la habían visto en las playas de Máncora, leyendo el tarot.
Cuando Víctor volvió a hablar fue para dar a conocer un libro en el que daba su versión de lo sucedido. Lo publicó la editorial Santa Sangre y fue un éxito de ventas.
Con el dinero ganado demandó a Petra Pifia en los tribunales; la acusaba de daños y perjuicios morales, él quería una demanda por blasfemias y hurto de una situación privilegiada con entidad santa; pero los abogados le aconsejaron relacionarlo con el daño causado por los padecimientos de índole físico y psicológico, que había provocado años de humillación y hostilidades, producto de la descalificación de la que fue objeto por parte de los custodios de la fe.
Por fin mi hermano tiene la fama y la fortuna que soñó que la virgen le proporcionaría. Llegó con años de retraso, pero lo hizo. Es una pena que mis padres no estén aquí para verlo en la televisión nacional, reivindicándose y con él a la familia.

Por mí parte, la única pregunta para la que aún no he encontrado respuesta es por qué la gente sigue creyendo que hay un hombre y su hijo santos, invisibles y que viven en algún lado o en todos. Como es posible que todavía se crea en los hombres que ocupan sus templos y, en nombre del algún dios, hacen negocio con el perdón divino; administradores y banqueros de la formula para evadir el castigo eterno.