El más puro amor

Te amo más que a nada en este mundo, eres lo único que importa en mi vida, sin ti ella no tendría sentido. Larguémonos, vivamos nuestra vida. No aguanto más a mi esposa, peor a mi suegra. Mis hijos son unos pesados, mi padre es un imbécil y la gente de la oficina unos descerebrados. A la mierda con todo. Te amo Candela, no soporto pasar un día más sin tu calor, sin tu presencia. No aguanto más esta vida separados.

Don Cristóbal se alejaba por los campos verdes y agrestes, lejos, caminaba sin fin y cuando regresaba me comentaba con voz animada que el olor del campo y los animalitos pastando, le devolvían paz y tranquilidad. ¡Pobre hombre!, pensamos siempre mi Martita y yo. Al principio conjeturamos que tenía deudas de juego. Decía mi Martita: ha de ser vicioso.

En marzo venía alrededor de una vez por semana, pero desde hace un par de meses aparecía por aquí todos los días, so pretexto de la parcelita sembrada y los animalitos que me compró.
En seguida nos pusimos de acuerdo en el precio, no regateó. Un verdadero señor era ese Don Cristóbal. Venía y se sentaba ahí en el césped y hablaba por teléfono por horas. Se conectaba esos pinganillos en las orejas y conversaba. Nunca oímos qué decía o a quién llamaba, hablaba bajito. A veces hasta parecía que les decía cosas a los animalitos. Mi Martita y yo le teníamos harta pena porque desde el porche, cuando escuchábamos, teníamos la impresión de que lloraba o suplicaba. Yo tuve que pedirle, por precaución, que no se acerque a las vacas, que son bien sensibles y a la mínima se les corta la leche.

Él siempre fue bien correcto y estuvo de acuerdo, dijo que las ovejas bastaban como compañía. Boby y Tarzán también eran bien amigos de Don Cristóbal, él les traía pancitos dulces y restos de huesitos de pollo, ¡sus favoritos! Como ya no le ladraban, a veces me daba sustos de muerte, porque se quedaba por ahí tirado en el césped y cuando me saludaba, me hacía brincar.

Candelita mi reina, no me mires así, te juro que estoy haciendo todos los preparativos para que nos vayamos de aquí, de este mes no pasa. ¡Dime algo Cande! Abrígame el corazón que lo tengo frío. Seremos unos incomprendidos, nadie nos entenderá, nos juzgarán, nos señalarán. Por eso tenemos que irnos lejos. Vamos a ser tan felices. Vamos al mar. Perdona, perdona, es cierto que la montaña te gusta más. Si pudiéramos construirnos aquí una casita, nuestro nidito de amor, seríamos solo los dos tan felices. Candela, te amo mi pequeña flor, amo cuando me miras así, tus ojos me transmiten paz, tu mirada y tu alma son tan puras.

Nunca dudes de que te amo. Oh, oh, oh, ah así Candelita, ya mismo me vengo, ¡¡Candelita quédate quietita, Candel… ahm te amooooo!!

Cuando llegó el invierno, en la parcela que le vendí, construyó un mini establo y ahí se la pasaba encerrado. La Marti y yo salíamos a preguntarle si necesitaba algo o quería un Cafecito. Pero nunca quiso nada, cuando se sentía muy observado, solo se subía en su carro y se iba, como si tuviera vergüenza de sus ganas de aislarse. Entonces, a modo de consuelo, la Martita le contaba historias de su tío Rodrigo, un ermitaño que se sentía mejor entre las bestias que con los humanos. Esas historias le gustaban y él decía que él era el tío Cristóbal, el pastor. Tanto cariño les había agarrado a sus cuatro ejemplares ovejunas que no era extraño verle dormitar abrazado a ellas. Esas fueron las únicas veces que fue sociable y le oímos reír.

Al Don no le volvimos a ver desde aquel día que vino su mujer con una actitud altanera; con cólera golpeó la puerta de la casa, se presentó como la mujer de Cristóbal y con una prepotencia que no habíamos conocido gritó, dónde está Candela. Mi mujer y yo la llevamos al mini establo de don Cristóbal y cuando abrió la puerta ahí estaba la Candelita, linda, sosegada, limpita. En un instante la doña sacó de su bolso una pistola y pam, pam, pam, todo el tambor de la pistola le descargo en su cuerpito. El corazón nos iba a mil, del susto la Martita y yo no pudimos movernos, ni siquiera gritar.

Bee, bee, bee, chillaban las ovejitas espantadas por el sonido de los disparos. Enseguida salieron del establo en estampida, pisoteando el cuerpito acribillado. La doña guardó la pistola, se dio media vuelta y se fue dejando tiesa a la Candelita con la mirada perdida, la paja todavía en el morro y los lacitos celestes cielo, que el Don le había puesto, manchaditos de sangre.

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