Una noche muy larga

Pago el café y acaricio las solapas del libro que he terminado. Acabo de llegar a Villasórdida, siento una fascinación especial por el halo siniestro de sus habitantes, la impresionante multitud de turistas, góticos y las callejuelas laberínticas, imposibles de descifrar. Intento identificar lugares reconocibles, comprender la lógica de la trama urbana y armar un recorrido para evitar perderme, pero hasta ahora ha sido imposible.

Cuando paseo por la ciudad siempre busco motivos para sacar mi cámara: parejas en gesto afectuoso, aglomeraciones de gente multicolor, contrastes de luz y sobras. Llego a la Plaçeta del Pi y desciendo en dirección al mar. Hoy hay mucha gente a la que no sé fotografiar, entiendo la expresión de sus rostros compungidos, cansados, decepcionados, distraídos o eufóricos, sin embargo, no sé captarlos en fotografías. Me oriento hacia la plaza Sant Jaume y la cantidad de gente aminora. Como es casi media noche decido retomar la dirección hacia el mar para ser testigo de los festejos, so pretexto de las doce campanadas y cambio de año. Recorro callejuelas estrechas e infinitas.

Disfruto mucho de mis actividades en solitario, soy de las personas que se sienten muy cómodas a solas en el cine o paseando por la ciudad.

Absorta en mis pensamientos no he notado la presencia de un hombre que camina a mi lado. Cuando se da cuenta de que lo he descubierto, se acerca un poco y me sonríe. Tiene ojos de sapo, cejas tupidas, en un rostro pálido y enjuto. Me mira como si hubiésemos estado conversando y de pronto me hubiese quedado callada. Sigo caminando.

No me preocupa en lo más mínimo, a veces pasa que alguien me identifica como turista e intenta venderme algo o atraerme a un restaurante. Pero no se ha marchado y sigue a medio metro por detrás, a mi costado izquierdo.

De pronto me habla:
– Hello beauty
– ¿Francais? ¿Español?

No respondo. Apresuro el paso, él también y hace un ademán de agarrarme el brazo. Decido que es momento de asustarme.
-Se dónde está la mejor fiesta de fin de año- dice. –Incluso si te apetece, puedo dejar que me invites una cerveza, ríe fuerte con una risa maliciosa.

De pronto me siento muy incómoda, entro por el carrer d`Ataülf y a los dos segundos sé que he cometido un grave error; es oscuro y gélido, huele a humedad y pis de gato. Se escuchan risas y gritos lejanos que intento ubicar y encontrar. Camino lo más rápido que puedo, intentando escuchar ecos de otros pasos que no sean los míos. Por un momento me consuela oír solo mi respiración.

De pronto en la siguiente esquina un susurro en el oído:
– Tengo hashis, maría, coca, anfetas, a buen precio -dice el hombre ahora con un tono de voz algo chillón, tengo la impresión de que intenta sonar como una súplica.
– No gracias –respondo por primera vez, mientras giro sobre mis talones, lista para correr
– Mierda de ciudad, dice muy alterado, todos aquí son iguales, en seguida te insultan, nada de amabilidad, solo miedo, miedo, miedo…
Siguió repitiendo esta palabra varias veces como si fuera el eco que rebota con fuerza en una gran montaña.

Corro y me alejo. Mientras intento salir de este laberinto Gótico, tomo el carrer d`En Gignás hacia la izquierda, hace un momento cuando paseaba por aquí, estas calles me parecieron esplendidas, ahora las miro como una trampa donde la luz llega moribunda.

No sé cómo lo hacía, no lo escuchaba correr detrás de mí y, aun así, en segundos, me había alcanzado y volvía a seguirme. Cada vez que me volvía su mirada se cruzaba con la mía.

Caminaba en zig-zag, pero no como un ebrio sino como un niño travieso. Mientras tanto yo intentaba ubicarme, no quería seguir perdida, necesitaba encontrar un punto de referencia para salir del laberinto de calles en las que estaba. Me mordía el labio de forma nerviosa y sentía el sabor de mi propia sangre.

–Date prisa, a este paso no llegarás a tu cita– murmuraba

Ojalá tuviera una, pensé yo. Corrí, no tenía más opción, tratando de ubicarme y llegar a calles más transitadas. Pero, como si lo intuyese, en la siguiente esquina volvía a tenerlo a mi costado. Muerta del susto, grité. Allí estaba, otra vez justo detrás de mi nuca, agarrando mi brazo. Sentí que era el fin, que me iba a hacer daño. Hubo un forcejeo violento, caí y conseguí soltarme. Cuando retrocedí de espaldas, intentando incorporarme, tropecé con un dependiente que salía por la puerta trasera de un bar a botar la basura. Caí sobre él con un grito desesperado y el pobre sujeto gritó conmigo. Sentí que el corazón me estallaba, el sonido de los latidos del corazón se agolpaba en mi cerebro y el miedo más el frío invernal, entumían mi cuerpo; la sensación incómoda del pánico.

Entré por la puerta abierta por el empleado –¡Ey! – le escuché gritar.
Con el miedo todavía en la garganta me sumerjo en un mar de gente ebria y chillona. Empujo para abrirme paso y poco a poco me mezclo con la multitud; sus risotadas me ponen nerviosa por histéricas y escandalosas. La música dance suena a todo trapo. Me siento e intento recuperar la calma.

Son casi las 2 de la madrugada, tenía que salir y tomar el último metro de la noche. Busqué la puerta principal y cuando la crucé, vi que estaba cerca del carrer D´Avinyó. Si lo tomaba en la dirección correcta, llegaría al carrer de la Boquería y a una estación de metro. Me moví entre la gente, el escándalo y los vómitos, temblando y suplicando no cruzarme con otra alma perdida.

Mientras intento pensar en otra cosa, observo las hordas turísticas que llenan las calles de la ciudad; grupos de sexo variado y edad indeterminada, demasiado jóvenes algunos y demasiado viejos otros, todos ebrios o tripeados. El olor a mierda y pis es asqueroso y las parejas que “casi” follan en la calle sobrepasan de diez.

La ciudad hoy es como la amiga falsa que te promete que si vas con ella será la mejor de tus noches y una vez que le has creído, sabes que declarará demencia y te dejará sin plan, sola y asqueada por el bullicio obsceno en el que te has metido.

A salvo en el hotel, prendo la televisión e inmediatamente reconozco la imagen: una mujer sale a travesando la pantalla del televisor y mata al hombre que la contempla. Ringu de Hideo Nakata es una d e mis películas favoritas. ¿Hay acaso una mejor forma de asegurarme pesadillas?

Duermo, sueño que alguien me persigue y cuando me atrapa me ahoga con unas manos enormes. Muero y despierto en el mismo callejón oscuro y húmedo. Una y otra vez alguien me persigue. No logro escapar.

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