Perderse también es camino

Tengo una casa y un trabajo.
Un trabajo que me gusta.
También me gusta el ramen y las galletas de la suerte.
Lloro frecuentemente. Casi nunca sé por qué.
Tengo una casa. Me la compré hace 5 años.
A veces lloro porque me siento sola.
Me cuesta reír, me siento ridícula cuando lo hago.

Mi vecino se llama Musashi y sé que le gusto, lo sé porque los días que coincidimos me saluda con una sonrisa.
Mi casa está vacía, tan solo ocupo una habitación.
Me gusta leer todo lo que encuentre de Mariana Enríquez, hace que me dé mucho miedo estar en casa.
Mi casa esta vacía, no hay ni un solo mueble. Excepto una cama y escritorio en mi cuarto.
Me gusta el cine, porque allí puedo sonreír sin que nadie me vea.

Le gusto al chico del cine. Para escanear el QR de la entrada de la pantalla del teléfono, apoya fuerte los dedos en esta y lo amplía con determinación, como una señal de su masculinidad. Luego, no me mira a los ojos por timidez.
Musashi me ha regalado un tiesto lleno de Tillandsias.
Mi vecino Musashi se ha mudado. Intento mirar al chico del cine a los ojos, pero me rehúye. No sé cómo hacerle ver qué él también me interesa.
Las tillandsias se llaman Nati y sus Pelusos, como una banda de rock. Hubiese jurado que era amor. Musashi se ha ido sin despedirse.

Siempre tiemblo cuando reconozco a un hombre al que le gusto. Me tiemblan las manos y las piernas. Nunca he sentido mariposas en el estómago.
La nueva vecina que reemplaza a Musashi es una señora de 60 años. Tiene un pato, un gallo negro con una cresta roja que le tapa un ojo y dos monos tití.
La vecina saca sus mascotas al jardín, observo la escena a través de la ventana de una de las habitaciones sin muebles. Ella se sienta en una tumbona naranja y los bichos corren a su alrededor. Les da de comer en la boca, hocico, pico.
Pienso que la vecina está menos sola que yo. Al menos tiene a sus animales para hacerle compañía.
Es agosto, me voy a Bolivia de vacaciones. Descubro los Cholets. Quiero quedarme a vivir aquí en El Alto.

Tengo mal de altura y sueños muy extraños.

Sueño que estoy en 1997, trabajo en un pueblo rural llamado Tsholotsho, en Zimbabwe.

Tengo colegas expatriadas de diferentes nacionalidades a las que enseño a bailar cumbia. También acompaño a grupos de jóvenes de la comunidad local a cantar y bailar, para llamar la atención de la gente y prevenir que el VIH se expanda en sus pueblos. Sus canciones intentan sensibilizar a sus semejantes y evitan estigmatizar a aquellos que viven con el virus y la enfermedad.

De pronto reparo en unos ojos que me miran, es un señor de unos 80 años que mantiene su mirada en mí. Su cara cada vez está más cerca de la mía. Parecería menear la cabeza en señal de duda, como si hubiese visto mi cara y no supiera acordarse dónde. De pronto dice: nunca pensé que una blanca me cocinaría y me serviría la comida.

Tomo todas las líneas del teleférico y conozco El Alto desde arriba: los mercados, los atascos, los Cholets y la gente.

Me ha gustado Zimbabwe. Esa noche vuelvo en sueños a Harare. La gente de la ciudad no se ve como la del campo, llevan ropa colorida y a la moda, también tienen esa actitud de urbanitas, siempre apurados. Caminamos por la calle, la ciudad se ha congelado con una estética de los años 50, cuando los blancos todavía gobernaban el país. Un hombre joven me tira una colilla encendida y una vieja sin dientes escupe al suelo por donde paso. Me pongo en el cuello un cartel que indica No soy blanca, soy mestiza. La gente mira el cartel y se ríe de mí.

Quiero ser chola. Deseo ardientemente ser y vestirme como chola. Me compro las polleras, el sombrero y el resto del atuendo tradicional, me lo pongo el día que vuelo a casa. Mis próximas vacaciones serán en Bulawayo, porque las capitales no me gustan.

Hoy escribo en mi diario: He ido al cine. Tenía la intensión de invitar al chico de la entrada a tomar un pisco sour y ser mi novio. No trabaja más allí, en su lugar he encontrado un chamo que no tiene más de 18 años.
Todo es muy triste.

Esa noche sueño que un hipopótamo me engulle en el Delta del Ocabango y un pájaro me saca los ojos en un lugar que no puedo reconocer porque estoy ciega.

Sueño despierta que Musashi está locamente enamorado de mí, viene a buscarme para rogarme que me case con él. Yo acepto. Imagino que compramos muebles para las habitaciones, ropa de cama, toallas. Reímos porque él quiere una freidora de aire y yo soy más de olla arrocera. Compramos las dos. Recorremos los almacenes tomados de las manos mientras juramos que nunca tendremos un microondas o un carro. Somos felices.

Le he regalado media bolsa de sal del Himalaya a la vecina y sus animales. Era para el chico del cine. Le dije que era mucha sal para mí sola y ella agradeció y le pidió al gallo Coco, -así lo llamó-, que estaba a su lado que dijera gracias. -Co co dijo el gallo.
Llegué a casa y lloré en mi cama. Estoy muy triste.

Cuando vi al chamo de 18 años, sentí ganas de vomitar. No pude entrar al cine. Fui a comer. Pedí un ramen, seis gyozas, una ensalada de algas, una ración de edamames, helado de almendras y chocolate y una IncaKola. Todo para llevar. Después de atragantarme como una desquiciada, vomité. Obvio. Predecible, en todo caso.

Cuando tenga hijos los llevaré a Harare y a la playa. Y les compraré un cuy de mascota.

Leo AlTopía. Es el mejor comic que he comprado en mucho tiempo. Paso el tiempo tratando de descifrar la jerga aymará. Me encanta.

He sido seleccionada para participar en un show de telerealidad que va de encontrar pareja, espero saber escoger bien entre los varios pretendientes que tendré. Por primera vez tengo miedo, emoción, nervios y angustia al mismo tiempo.

El día que vienen a buscarme los del show estoy bastante tranquila.

La vecina sale a la puerta a despedirme, lleva al gallo negro en el brazo izquierdo, mientras agita la mano derecha con prodigalidad. ¿Dónde estarán los monos?

El chofer de la van de la TV abre la puerta. Entro. Adiós casa vacía, adiós gallo, adiós, adiós vieja, adiós parque, adiós semáforo, adiós panadería, adiós barrio, adiós centro comercial, adiós, adiós.

Mientras miro por la ventana, sin razón aparente, me acuerdo de aquella amiga que tuve y que me dijo que me dejaba porque yo no le aportaba nada a su vida. Espero que ahora me vea por la TV y se arrepienta. No pido más.

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