Crónica de Viaje: Tchad

A finales de 2025 viajé a Chad, uno de esos países que casi nunca ocupan titulares, salvo cuando la palabra crisis aparece como un ruido de fondo permanente.

En el corazón de África se extiende este país sin salida al mar, un territorio que transita del desierto y el Sahel árido en el norte a sabanas más húmedas en el sur. El lago Chad —que en los años sesenta era uno de los mayores cuerpos de agua del continente y hoy ha perdido más del 90 % de su superficie— esconde oasis que desconciertan al viajero distraído: manchas de agua y vida en medio de una geografía que parece negarlas.

Chad no es un país pobre en recursos. Tiene petróleo, oro y tierras fértiles. Lo que falta no es riqueza, sino redistribución. Los ingresos quedan atrapados en redes de poder que se materializan en edificios grandilocuentes y obras ostentosas en la capital, mientras la mayoría de la población sigue sobreviviendo en condiciones extremas.

El poder político concentra recursos, desvía fondos públicos, erosiona servicios básicos y reproduce desigualdades de forma sistemática. Los costos recaen, una y otra vez, sobre quienes habitan los márgenes.

Lo sé porque lo vi de cerca. Mi viaje formó parte de una misión humanitaria. La ayuda no transforma estructuras, pero alivia. No es un favor ni un gesto caritativo: es una respuesta mínima frente a una injusticia histórica y sostenida. Convive —no sin tensiones— con la corrupción y con sistemas que no redistribuyen, donde el espacio para la resistencia se ha ido estrechando hasta casi desaparecer. Aquí la pobreza no es una emergencia puntual, es una condición prolongada que desgasta cuerpos, pero también proyectos de vida, expectativas, futuros.

La pobreza en Chad se hereda. Se normaliza. Se vuelve paisaje.
No es ausencia de recursos.
Es ausencia de justicia.
No es falta de esfuerzo.
Es exceso de obstáculos.

La diversidad religiosa atraviesa el tejido social: una mayoría musulmana, comunidades cristianas significativas y prácticas espirituales tradicionales que persisten. La religión no explica por sí sola las desigualdades, pero sí incide en cómo se organizan las normas sociales, las jerarquías, las lealtades y los mecanismos de control. A esto se suman autoridades tradicionales —como la figura del derde entre los Toubou— que conviven con un Estado debilitado por décadas de conflictos armados, golpes de Estado y transiciones inacabadas.

Estos grupos nómadas o seminómadas dominan el Sahara central chadiano, viviendo como pastores, agricultores de oasis y montañas. No es raro cruzarlos en el camino, con sus dromedarios cargados hasta arriba. Son los chicos o los hombres los que montan las bestias, porque una caída de ellos puede ser mortal. Las mujeres y niñez van a caballo.

El resultado es un entramado complejo donde lo formal y lo informal se superponen, y donde la ley escrita rara vez coincide con la vida real.

En medio de este paisaje político y social, hay quienes sostienen la vida cotidiana: las mujeres. Son ellas quienes cargan con la agricultura de subsistencia, los cuidados, los mercados informales y la reproducción diaria de la comunidad. Acceden menos a la tierra, a ingresos, a educación y a espacios de decisión. Sobre sus cuerpos recaen normas sociales brutales: matrimonios forzados o tempranos, embarazos adolescentes, violencia sexual, control de la movilidad y exclusión educativa de niñas.

Existe una esquizofrenia profunda entre el discurso oficial —que habla de derechos, desarrollo y modernización— y las prácticas cotidianas que siguen regulando la vida de las mujeres con violencia y coerción. La ley dice una cosa; la costumbre impone otra. El cambio se enuncia, pero no siempre se implementa. Y, aun así, algo se mueve. De forma lenta, fragmentada, frágil. Hay mujeres que negocian, que se organizan, que resisten en los márgenes de lo permitido, que empujan pequeñas grietas en un sistema que parece inamovible.

No son solo beneficiarias de ayuda humanitaria. Son actoras políticas de la supervivencia.
La pobreza en Chad tiene género.
Y casi siempre se escribe en femenino.

Los fines de semana paseo por N’Djamena. Mi piel blanca me delata. A veces me miran, a veces me hablan, a veces simplemente no existo. Por la noche cenamos en lugares “seguros”, restaurantes aprobados para quienes no somos negros, enclaves protegidos en una ciudad profundamente segregada, donde la seguridad también tiene color y pasaporte.

En el camino hacia Bagasola se intuye la cercanía del lago Chad. No llegaré a verlo, pero el entorno habla por sí solo: sequías prolongadas, tensiones por el agua, territorios erosionados por el cambio climático. Mis colegas lo explican con tristeza; el paisaje lo confirma sin palabras.

Nos detenemos a comer carne de dromedario, servida con pan caliente, esponjoso, recién hecho. Deliciosa. En medio del trayecto, los oasis irrumpen como una promesa inesperada: palmeras, agua, cultivos. ¿De dónde viene el agua? ¿Del subsuelo? Donde llega el agua, llega la vida.

Compramos las mejores sandías que he probado jamás. Vienen de Camerún, el país vecino que abastece gran parte del mercado chadiano. Incluso lo más cotidiano recuerda la dependencia estructural, la fragilidad de los sistemas locales, la interconexión desigual entre países.

Antes de regresar paso por el mercado local para comprar recuerditos del viaje.

Chad no se deja entender fácilmente. Es un país de contradicciones brutales, de silencios densos y resistencias discretas. Un lugar donde la vida persiste, a pesar de todo. Todas estás sensaciones en apenas 20 días.

Nota: las fotos están hechas con el móvil teniendo mucho cuidado de que las personas no noten que estoy fotografiando. Para otras, he pedido permiso antes de hacerlas.

Una flor del desierto, un día cualquiera en noviembre del 2025.

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