Crónica de viaje: Japón

El 23 de agosto llegamos a Tokio. Japón, igual que la Rosalía, forma parte de esas pequeñas pasiones familiares en las que las cuatro estamos de acuerdo: algo que nos gusta y nos ilusiona. Todas estamos enamoradas de su cultura: del cine de Miyazaki, de la filosofia zen, de la modernidad al estilo asiático y de la curiosidad por las calles llenas de candilejas.

Como era de esperar, Japón no nos decepcionó ni por un segundo. Todo es tal como lo imaginábamos y más.

En seguida llegamos salimos en búsqueda de restaurantes, templos, jardines y lugares famosos que visitar.

Tokio exhala energía y luz. Pasamos por calles estrechas y por otras forradas de neones. En general la gente no habla habla español, inglés o cualquier otro idioma occidental, pero eso no les impide establecer diálogos. Poco importa si entendemos. Como las abuelitas para las que interactuar es más importante que comprender. Escuchamos, asentimos y nos quedamos con ganas de preguntar y entender a través de la mirada local.

En muchos restaurantes han puesto mapas para que, con una pegatina, indiques de dónde vienes. Nosotras de Ecuador. Siempre somos las segundas; alguna compatriota va por delante. Además, a España, nuestra segunda nacionalidad, no le caben más coloritos.

Todas las calles que por la mañana parecen simples, por la noche adquiere el aire de gran ciudad luminosa que venimos a conocer.

Reconocemos la escritura japonesa, formada en parte por kanjis, gracias a los mangas y animes que solemos ver. Reconocemos también a la señora en bicicleta, al abuelo que camina por el barrio, a los jóvenes que atienden las tiendas especializadas en figuras de acción, los kimonos y los cafesitos de barrio. Todo es un infinito déjà vu.

Caminamos entre edificios y cemento en busca de jardines y templos. Cuando los encontramos, los visitamos y, luego de miles de pasos sin nombre (porque no tenemos ni idea de dónde estamos e intuimos hacia dónde vamos), llegamos a Akihabara, donde tomar fotos fue imposible: lo único que se veía era un horizonte de publicidad relacionada con el merchandising de animes y mangas favoritos, pasados y futuros. Vamos a cruzar Shibuya para perdernos en el mar de figuras humanas y pantallas que miran con ojos de mil colores. Nuevamente pensé en todas las películas en las que este cruce es referencia vital para ubicarte en Tokio. Aquí el ruido no molesta, es parte del paisaje. Nos mezclamos en la marea humana; por un rato largo respiramos el mismo aire, nos acompasamos a su ritmo, bailamos la alegría de cumplir el sueño de pisar el paso de cebra más famoso del siglo XXI.

La multitud de la gran ciudad te roba el aliento, vacía tu identidad y también los bolsillos,  llenando las maletas de recuerdos. Huimos del consumismo, conscientes de que no hemos visto ni una pequeña parte de esta ciudad, formada por infinitas calles. Detrás del resplandor, pasamos al barrio y aparecía otro Tokio: uno de sombras suaves, de jardines ocultos, de orden y cuidado por el espacio propio y ajeno.

Para dejar la capital tomamos el shinkansen, conocido como tren bala. En la estación hay bullicio y aparente caos, que para los locales no es tal. El desorden es apenas una ilusión para los que no entendemos el idioma y los códigos urbanos.

Para el tren compramos comida para llevar; bentos, en su versión local. En las estaciones los llaman ekiben: eki significa estación y ben es la abreviatura de bento. Estas cuqui cajas de comida incluyen combinaciones de verduras con salmón, cerdo, pollo, gambas o platos como el katsu de cerdo. Antes del viaje ya habíamos practicado cómo usar los palillos y, una vez en el país, confirmamos que tenemos nivel de expertas.

Para acompañar los ekiben compramos té verde. Y, aunque no nos apetecía para un viaje en tren, también estaba la opción de sake en botellitas de plástico o cerámica, con una tapa que funcionaba como vaso de chupito.

Vamos de ciudad en ciudad, de montaña en montaña, y cada casa y templo tiene su particularidad: el silencio, el olor, la presencia de Buda y dioses varios, las pinturas, la decoración de puertas y altares.

En Kanazawa visitamos las casas de samuráis de alto rango, que se encargaban de administrar tierras y bienes al servicio del shōgun.

En Kanazawa el castillo marcó un inicio espectacular de lo que serían muchos días de castillos y sus respectivos jardines.

En las montañas visitamos las aldeas patrimonio de la humanidad de Gokayama, íntimas y rurales, donde el tiempo parece haberse detenido entre las casas de techos inclinados, hechos para soportar las fuertes nevadas de la zona. El estilo se conoce como Manos en Oración. En los pisos superiores de algunas de estás casas se cultivaban gusanos de seda.

En Takayama visitamos Mercado Matinal para morir de amor por los sabores locales: el aroma del Mitarashi Dango (bolitas de arroz a la parrilla con soja) y las brocheta de Hida-gyu, carne de ternera que se deshace en la boca. Luego paseamos por el barrio peatonal de Sanmachi-suji, un viaje al periodo Edo, paseando entre destilerías de sake, tiendas de miso artesanal y casas de mercaderes, en el corazón del casco antiguo.

Luego de las compritas vamos a pasear por la colina de los templos. Alejados del bullicio y acompañados por el intenso calor del verano.

Si el templo es budista, es un recinto cerrado al que se ingresa para rezar. Si es sintoísta, se visitan los altares y caminamos kilómetros entre dioses menores y piedras donde se han tallado oraciones.

Otagi Nenbutsu-Ji temple

Todo es tan familiar, idéntico a las películas, a los cómics y a los mangas. Corremos el riesgo de pensar que Japón es un enorme parque temático para nuestro entretenimiento.

Luego de unos días llegamos a Kioto, la capital histórica y cultural, y con ella la lentitud o, al menos, otro ritmo. Los templos exudaban historia. Los cerezos ya habían perdido sus flores; cierro los ojos e imagino los pétalos caer. La belleza cambia de forma y aquí lo bello son los jardines verdes y frondosos, con laderas de musgo que parecen pequeños bosques. En un momento recordé nuestro balcón y las plantitas de casa, a las que cuidamos con ilusión.

En Ishikawa, deambulo en Myojo-ji, un hermoso templo budista de la secta nichiren.

Entre el eco de las campanas y el roce de los pies de cientos de personas caminando descalzas, descubro la belleza de las ofrendas, las reverencias, los aplausos para anunciar a los ancestros y a los dioses que estamos aquí, que necesitamos una bendición y tenemos una petición. Miles de peticiones. Yo escribo en hojas de papel y en palos de madera que luego quemaré, oraciones que ofrezco: dioses, madre, cuiden a mis hijes y que nunca les falte un hogar y amor.

Es mandatorio usar el traje típico japones para visitar los templos. Y la gente esta súper contenta si le pides fotografiarlas.

Cada día es un regalo. Intento memorizar los detalles: un baño impecable con música de cascada para que pishes a gusto; una flor acomodada con precisión en una esquina de la calle; una anciana doblando su paraguas antes de entrar al metro; una persona ofreciendo disculpas con una reverencia. Todo parecía diseñado para cuidar lo pequeño. En cada gesto había una coreografía de respeto que me hacía sentir torpe y, al mismo tiempo, agradecida.

Hay un antes y un después de visitar el templo de Kinkaku-ji (Pabellón Dorado). El resplandor del oro puro reflejado en el estanque es la perfecta imagen icónica de la belleza y el poder visual de Japón.

Atravesamos el túnel infinito de los mil torii bermellón en el templo Sintoista de Fushimi Inari Taisha. Un camino místico hacia la montaña sagrada del dios del arroz y los negocios. Cuando empiezas a caminar sabes que cruzarás 10.000 (aprox.), tantas que forman túneles a lo largo del sendero del Monte Inari, creando un camino icónico y extenso dedicado a la deidad Inari.  Cada puerta lleva inscrita el nombre de un donante: empresa o particular, que piden favores o agradecen bendiciones.

El Templo Kiyomizu-dera es un templo budista en las colinas de Kioto y es famoso por sus terrasas de madera que ofrece vistas panorámicas de la ciudad.

La famosa estructura de madera, la Terrasa Principal, se sostiene sin clavos y ofrece vistas espectaculares de Kioto.

Luego de visitar el templo descendemos para perdernos entre las calles empedradas, bordeadas por tiendas de madera tradicional, restaurantes y puestos de té que mantienen el ambiente del Kioto antiguo. Es el lugar perfecto para comprar recuerdos, artesanías locales, cerámica y dulces japoneses.

Soy feliz en Japón. Me hubiera quedado, porque la curiosidad por lo nuevo, por lo desconocido, es abrumadora. En cada café y restaurante me veía como la dueña, sirviendo cafecitos, con tamales y humitas; al fin y al cabo, la comida no necesita traducción. La forma cambia, el gesto y el hambre permanecen.

A mitad de viaje llegamos a Nara, en donde encontramos a los ciervos Sika, que son los mensajeros de los dioses y pasean libremente, siempre listos para saludar a cambio de una galleta shika-senbei.

El templo Tōdai-ji es otra de las maravillas de este país. El imponente Pabellón del Gran Buda (Daibutsuden), una de las estructuras de madera más grandes del mundo que deja sin aliento por su magnitud. El Gran Buda que habita el templo tiene 15 metros de altura y no sé si transmite una sensación de paz, lo qué si sé es que el poder espiritual es tangible.

A la entrada encontramos los Guardianes de madera Nio, gigantescos y feroces esculpidos en el siglo XIII, protegen la entrada sagrada con su musculatura y expresiones intensas.

Koyasan es uno de los lugares más espirituales de Japón y nosotras aceptamos la invitación para participar en la ceremonia del fuego.

Visitamos el Templo Kongobu-ji, y el de Danjo Garan. En realidad era una avenida de templos.

Luego visitamos el Cementerio Okuno-in. Un paseo sobrecogedor y silencioso a través de un bosque de cedros milenarios, rodeados por más de 200.000 tumbas antiguas cubiertas de musgo. Nos adentramos en él buscando el Mausoleo de Kobo Daishi, donde descansa, el fundador del budismo Shingon, quien según la creencia no ha muerto, sino que permanece en meditación eterna por la salvación de la humanidad.

Estar en Japón no es solo visitar un país, también es sumergirse en una manera distinta de estar en el mundo: más atenta, donde la gente te mira con cuidado para no incomodar; donde el silencio es un bien preciado; donde el tráfico va más despacio y sonar el claxon de los carros se considera de mala educación. Sentimos lo fácil que es conducir en una país extraño, por la paciencia de las conductoras.

El orden, el silencio, el respeto, las reverencias, la amabilidad excesiva y contagiosa. La comida, deliciosa, especial. La belleza de Japón radica en su gente, en su historia y en su particular forma de estar en el mundo.

En Takamatzu, visitamos el Castillo de Himeji, la majestuosidad de la «Garza Blanca» radica en que es el castillo feudal mejor conservado de Japón, una fortaleza blanca e inmaculada. Fue la Princesa Senhime, nieta del shogun Tokugawa Ieyasu, su ocupante más famosa.

Y como cada castillo tiene su jardín, nosotras fuimos a Ritsurin para caminar por una pintura viviente, un jardín hermoso.

De ese mundo nosotras solo experimentamos una parte.

La vida espiritual se repite en cada templo, en el ritual de la llamada a los ancestros y a los dioses budistas y sintoístas. Antes de entrar, nos lavamos las manos con un cucharón de madera en las fuentes de la entrada. El agua se recoge con el cuenco y debe pasar de una mano a otra. Si sobra, no se devuelve a la fuente: se deja correr por la canaleta. El ritual simboliza la purificación con agua, o temizu.

El incienso también purifica. Prendes una varilla o varias, cierras los ojos y haces una reverencia. Atraer el humo del incienso hacia ti libera la mente de pensamientos. Luego respiras paz.

A la entrada de los templos hay cajas para ofrendas. Depositamos una moneda y oramos unos minutos antes de hacer una petición. En algunos templos, al dejar la moneda se hace sonar una campana para saludar a la deidad o anunciar nuestra presencia. Una vez atraída la atención de los dioses (las religiones siguen siendo muy patriarcales), juntamos las manos y, en voz baja o en silencio, oramos con los ojos cerrados. En los santuarios sintoístas se hace una reverencia antes y después y se dan dos palmadas. En los budistas, una al entrar y otra al salir, como señal de respeto.

En el Santuario Kompira-san el gran desafío fue ascender los 1.368 escalones, a 38grados de temperatura, hasta el santuario a lo alto de la colina. Un peregrinaje de esfuerzo recompensado con vistas espectaculares y la protección del dios de los marineros.

Visitar el Teatro Kanamaru-za representa un viaje a las artes escénicas de antaño. Este es el teatro Kabuki más antiguo que se conserva en todo Japón, una joya de madera llena de historia teatral.

Luego de tanto templo, palacio y jardín fuimos a la Isla del Arte: Naoshima. Nada más bajar del ferri, al final del muelle, mirando la vida pasar al borde del mar, te recibe la Red Pumpkin, con sus lunares infinitos, de la gran Yayoi Kusama.

En otro muelle menor esta la Yellow Pumpkin.

Dentro de la Isla esta el Chichu Art Museum: «Museo bajo la tierra». Una obra maestra arquitectónica de Tadao Ando construida casi totalmente en el subsuelo para no alterar el paisaje, iluminada solo por luz natural.

Conocimos también la hermosa obra «Open Field» de James Turrell. Que es una invitación a cruzar el umbral de la realidad. Lo que parecía una pared pintada de azul resultó ser un espacio vacío de luz violeta azulado, en el que pudimos entrar físicamente. ¡Una sensación irreal!

En el Narcissus Garden, en la Valley Gallery, encontramos la instalación de Yayoi Kusama que consta de cientos de esferas de acero inoxidable flotantes. Luego subimos hasta la Benesse House un museo que es hotel (o viceversa), con obras contemporáneas dialogando con las vistas al Mar Interior de Seto.

Cerramos este increíble viaje en Okayama, visitando el castillo del Cuervo. A diferencia del de la Garza (castillo Blanco) el de Okayama tiene una fachada negra azabache que contrasta maravillosamente con el verde del jardín Kōraku-en.

La suerte de tener un planificador en casa es que nos movimos a nuestro aire, recorriendo desde el corazón moderno de la capital, pasando por los Alpes japoneses, hasta los rincones de tradición profunda de la antigua capital, Kioto.

Hace mucho tiempo, buscando nuevas aventuras, leí la novela Musashi, una historia épica sobre un rōnin (浪人), un samurái sin amo. La novela es del escritor japonés Eiji Yoshikawa. El protagonista, Miyamoto Musashi, fue un espadachín real empeñado en alcanzar la maestría en el arte de la espada. El libro narra su vida y andanzas, desde la juventud hasta su famoso duelo con Sasaki Kojirō. Esta obra es considerada una de las cumbres de la literatura japonesa y ha inspirado múltiples películas, mangas y animes. Además, el propio Miyamoto Musashi es autor del tratado de estrategia El Libro de los Cinco Anillos (Go Rin No Sho). Este libro fue solo el comienzo. De Robotec, Ranma 1/2, las películas de Estudio Ghibli, los mangas y animes, el universo japonés nos ha sido familiar siempre.

Vivimos Japón intensamente, caminamos de 10 a 13 horas por día, no podíamos parar, no queríamos.

Pensamos encontrar un país meticulosamente ordenado y silencioso, pero por suerte aquí también hay sobremesas ruidosas, risas que interrumpen frases, conversaciones. Por las noches buscamos izakayas y le tomamos el pulso a la ciudad. Te sumerges en su cotidianidad y, por breves lapsos, los mundos se tocaban, como si el ruido y la calma fueran parte de una misma conversación.

De regreso a Tokio, antes del regreso, pienso que Japón me enseñó el arte de desaparecer. En los trenes nadie mira a nadie, compartiendo el mismo espacio sin invadirlo. Es una gentileza en la que encontré una forma extraña de ternura: una convivencia sin palabras, pero llena de reverencias y consideración por el espacio del otro. Me pregunté si podríamos aprender algo de esa distancia amable, tan distinta de nuestras formas de afecto bulliciosas y desbordadas. El respeto como afecto frente a nuestra intensidad como forma de decir “me importas”.

Como siempre un amoroso agradecimiento a Marc, por prestarme para este blog algunas de sus bonitas fotos.

Escrito en Barcelona, un día de noviembre, en el que pienso que algún día volveremos a Japón.

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