Espacios Privados (1)

A la mañana siguiente la eche de menos. Había pasado con Aldira, (su padre quería llamarla Alcira pero tenía un problema de dicción y de orgullo, que evitaron la corrección del error), los últimos cinco meses, los más extraños de mi vida,

Cuando la conocí, yo era otra, la vida era otra. No me era posible mirarla con los mismos ojos que la miro ahora. Tampoco imaginaba todos los lugares que visitaríamos juntas, ni la vida que compartiríamos.

Nos conocimos en el aeropuerto de Roma, el vuelo que nos llevaba al Cairo se había retrasado. Estaba impaciente. Este vuelo representaba el comienzo de “una nueva vida” para mí. Tenía la mente congestionada de tanto pensar y por supuesto no tenía ganas de hablar con nadie.

Ella se acercó al sofá circular y acomodo la punta de su trasero en un espacio mínimo, entre una china y yo. Suspirando profundamente dijo, -casi gritó-,  – “por eso prefiero el tren, detesto los altavoces, en los aeropuertos no hay respeto”-. Enseguida, meneo el culo, para hacerse un buen lugar. Miro a un lado y a otro, como buscando un interlocutor. Yo evité mirarla. Tenía pinta de pija, una cincuentona “potente/cuerazo”.

Volvió la cabeza hacía su derecha y acercándose a mi mejilla grito -“¿Para qué vas al Cairo”

-Para ver las pirámides-, respondí mirando al suelo.

Con voz dulce re-pregunto, con falsa amabilidad: -¿Para qué?-

Como si hubiese estado esperando ansiosa que alguien me pregunte, escuche mi verdad: -Conocí un chico, me ha invitado a visitarle.-.  ¿Por qué le estoy hablando a esta mujer?, pensé al instante.

-Y ¿Por qué no estás feliz? -dijo- “No te preocupes por el avión, una hora antes o una después llegaremos”-

No sé qué me paso, no sé qué neurona salto y decidió por sí sola y otra vez abrí la boca: -“No lo conozco”-, dije.

Con aire desinteresado soltó un -¿eh?-.

De pronto era yo la que buscaba que me escuchará para vomitar algo de angustia: -“Lo conocí por internet, hemos tenido una relación epistolar por casi dos años, hace unas semanas me invito y acepte”-

¡Calló! ¡Un momento pensé que no habría forma de que dejará de gritar y ahora no decía ni mu!, justo cuando esperaba que emitiera un juicio, una observación algún comentario pernicioso. Las comisuras de mis labios se movían de izquierda a derecha y mi pierna temblaba un poco, ella apoyó su mano en el muslo inquieto y dijo: –“tranquila estoy pensando”-.

– ¿Qué te atrae de este hombre?-, pregunto finalmente.

No pude contestar porque la aerolínea anunciaba el vuelo y llamaba a embarcar.

Cuando quise levantarme me agarro del brazo y me dijo, -“Tranquila. Esto es urgente. –“¿Para qué quieres conocerlo? ¡no!, espera, un pequeño detalle antes, ¿por qué no tienes un novio en tu ciudad?”-

Era una pregunta fácil, todos los chicos que había conocido eran unos imbéciles, al principio encantadores y luego solo tenían prisa por irse.

-“Chica busca relación estable”- dijo

– “Exacto”-, conteste, enfatizando cada sílaba. Ella calló, con uno de esos silencios que hablan.

Cuando embarcábamos Alcida se me adelanto dijo algo en tono firme paro amable a la azafata. Cuando nos sentamos en primera clase dijo -“El chofer y yo, ya sabes, somos algo así como -viejos amigos-. No todos los polvos son inútiles”-.  Se colocó las anteojeras y durmió todo el vuelo.

-¿Ya tienes hotel?-,  pregunto mientras recogíamos el equipaje.

Le dije que no lo necesitaba, que él me esperaría en el aeropuerto. En un papel anoto su nombre y una dirección: -“este es mi hotel y estaré una semana, no te molestes en llamar, nunca contesto, solo ven.”-

Sus palabras me cortaron la respiración, fue como una premonición, que por supuesto yo no acepte. Me abrazo fuerte, se lo agradecí. Mientras la miraba alejarse, respire dos veces (¿o dos minutos?) antes de salir. Me acuerdo de los latidos de mi corazón: fuertes y evidentes.

Busque con la mirada un rostro conocido. Encontré un cartel con mi nombre, el chico que lo sostenía se parecía mucho a la persona que yo esperaba encontrar, pero era más joven y sin lentes, (no era el típico antropólogo de museo que aparecía en la pantalla de mi computador), algo más guapo y moderno, excepto por el peinado, que sí era el mismo. Dude, pero en cuanto vio que me fijaba en él salto hacia mí, me rodeo con los brazos, me levanto del suelo y me beso en las mejillas mientras realizaba un giro de 360grados. Me depositó mareada y emocionada otra vez en el suelo, me sonrió. Me pregunto si estaba bien y si el viaje había sido bueno, en un inglés perfecto. Respondí a todo que sí. Sentí el corazón, latía a toda velocidad. Tomo mi maleta y mi mano antes de empezar a caminar.

En el taxi el conversaba animadamente por celular, en árabe, no entendí nada. Durante el trayecto me lanzó miradas cariñosas, mientras tomaba mí mano y asentía con la cabeza como diciendo “ya está, ya has llegado.”

Llegamos a una casa pequeña pero muy bonita. Tenía un patio interior lleno de florecitas pequeñas, una mesa de piedra y una barbacoa. Se escuchaba murmullo de gente. Entramos por la cocina, una señora mayor me hizo señas para que la siguiera, el asintió con una sonrisa y me entrego a ella sin decir nada. Imagine que me llevaría a una habitación para asearme y lo agradecí, mientras me alejaba, él dijo que nos veríamos en la cena.

Sin prisas, algo confundida, me di cuenta que yo había asumido que estaríamos solos y no en una casa familiar. Asumí (con más ganas de las que me confesaba a mí misma) que me besaría y que haríamos el amor, aunque nunca habíamos hablado de eso, daba por hecho que cuando decíamos “que ganas tengo de verte” nos referíamos a esa parte que no podíamos satisfacer vía webcam. Estaba aturdida pero satisfecha, la parte que más miedo me daba, -que él no fuese como yo lo esperaba- estuviera resuelta. Es cierto que siempre lo había visto sentado y las veces en que la conexión no era buena hablábamos sin vernos.

Dos horas después me había duchado, escrito un wasap a Margarita, mi administradora, había arreglado la maleta -me encanta que este todo en perfecto orden-. Afuera hacía un calor insoportable, pero en la habitación se estaba bien. Me puse un vestido rojo con unas sandalias blancas, dejé mi pelo suelto; me sentía bonita y feliz. Salí.

Un extraño silencio llenaba la casa, contrastaba mucho con el barullo que provenía de la calle. Recorrí todas las estancias y solo encontré a un anciano que remeneaba unos frascos con polvos de colores en su interior, parecían especias.

Me dirigí al portón y abrí con curiosidad. La calle era angosta. Pasaron un par de taxis y la gente tuvo que entrar a las casas y comercios para dejarles paso. Saque la cabeza y luego el cuerpo, me quede parada allí sin saber qué hacer. Fueron los 5 minutos más largos de mi vida. La calle estaba un poco sucia, el asfaltado era antiguo, al frente había una casa con un jardín lateral. Se mezclaban las casas bonitas con las deterioradas y pobres. ¿Un barrio de clase media baja?

De pronto, escuche unos gritos y mujeres que lloraban, la gente salió de sus casas y llamaban su atención con la mano en alto y la palma mirando al cielo. La respuesta provocaba llanto, como gas lacrimógeno que se esparce sin piedad. Cuando las mujeres llegaron a la puerta, aquella que me había mostrado la habitación horas antes, me miro y fue como si de pronto hubiera recordado que dejó el pollo en el horno. Las mujeres nos vieron sin comprender, hasta que ella habló, cuando se acabaron las palabras todas se llevaron la mano a la boca, con un ¡AH! cortado. Obviamente algo muy feo había sucedido. ¿Husani…?

Hicieron señas para que entre a la casa, bueno en realidad me empujaron. Me sentaron en una butaca y me dieron un vaso con agua. Me lo bebí, no me había dado cuenta de lo sedienta que estaba, me trajeron otro. Todas hablaban árabe. De pronto me extendieron un celular.

Cuando dije hola, una voz femenina y notablemente afectada dijo: -“Hola, soy Nadia”-

-“Hola Nadia soy Amara”- conteste. (Mi madre pensó que este nombre haría que tuviera mejor suerte en el amor de la que ella tuvo) -“la amiga de Husani”-, (-el guapo- añadía él y siempre reíamos)

-“Hola Amara, algo muy terrible a sucedida-, (tenía un acento extraño en inglés, propio de los árabe-parlantes) – siéntate y te explicaré”-

-“Estoy sentada”- -conteste- escuche un pitido, quizá por los nervios.

-“Bien”-, dijo. –“Husani ha sucedido un accidente. Una estatua se ha llevado su cabeza. Y él se ha ido”-

-“No entiendo, Nadia. ¿Husani está herido? ¿Está en el hospital?”-

-“No, Amara. Husani ha… Muerto”-

Debo haberme quedado un buen rato callada, porque cuando quise retomar la conversación, no había nadie al otro lado de la línea.

Mire a las mujeres que no me quitaban los ojos de encima y tome de la mano a una de ellas, la lleve hacia la puerta y le grite que quería ver a Husani.

Husani, Husani repetí una y otra vez, hasta que entendieron que no tenían opción. Salimos, tomamos un autobús, la cabeza me daba vueltas y el estómago me dolía por el intenso calor. La mujer que me guiaba me pidió que le soltará la muñeca, que yo seguía apretando con mucha fuerza. La miré y solte, puse las manos juntas frente a mi cara mientras lloraba y repetía: -“I´m very sorry”-. Miré por la ventana y me di cuenta de que en el taxi desde el aeropuerto a la casa no había visto la ciudad, solo veía el rostro de Husani.

Nos bajamos frente al Museo del Cairo. Una verja negra nos recibió. Había cola y la gente ingresaba poco a poco. Fuimos directamente a la entrada, la mujer hablo con el guardia y nos dejó pasar. Dentro dimos algunas vueltas hasta que vislumbre la cinta amarilla de la policía que bloqueaba la entrada a los turistas. Adelanté a la mujer, me asomé a la sala y vi a Husani con los ojos rojos e inflamados, en el suelo una manta cubría un bulto. Me alegré, entendí que era un pariente el que había tenido el accidente. Me abalance hacia él, lo abrace y el me abrazo fuerte, pensé que me dejaba sin respiración. Tome su rostro con mis manos y bese su boca, pero enseguida me aparto y me miro con asombro y susto a la vez. Contrariado me pregunto qué hacía y conteste: -“Husani no entiendo nada, desde que llegue todo ha sido muy confuso, ¿qué pasa?”-

-“No soy Husani”-,dijo. –“Soy Masuf, su hijo”- y señalo al bulto.

Quise levantar la sabana, pero no me dejaron. Masuf me explico que había venido a recoger a su padre para decirle que yo estaba en su casa. Mientras él había ido al lavabo, (tenía un apretón porque había comido muy picante la noche anterior), su padre fue hacia Akenatón, su faraón preferido, para comentarle que esperaba ser tan inteligente como él había sido y que aunque era menos ambicioso, se requería valor para replantearse la vida con una extranjera… conmigo. En ese momento tembló la tierra, -ahora lo recuerdo, pensé que había sido una sensación de mareo provocada por los nervios-, la esfinge se tambaleo, Husani intento sostenerla, pero esta le cayó encima y decapito. No había nada que ver.

Nos sentamos en el suelo y me conto una bonita historia de un padre al que la madre había abandonado por un cocinero alemán. Él se había hecho cargo de dos hijos pequeños. Su tía, la mujer que me acompaño al museo, había sido repudiada por su marido porque quería trabajar. Así que formaron una familia. 20 años después los dos, con hijos grandes, habían decidido que era hora de rehacer sus vidas. El prometido de la mujer, un comerciante local, llegaba el viernes de esa semana; habían planeado una boda doble.

¿Por qué la vida se encabrona tanto con algunas personas?

Masuf me dejo sentada y en la misma posición, la espalda apoyada en la pared y las piernas estiradas, permanecí hasta que se llevaron el cadaver. Mirando sobre la sábana me dio la impresión de que era más alto de lo que yo había imaginado y que tenía algo de panza, no mucha, tal vez por eso no le gustaba que lo viera parado.

Desde ese momento no recuerdo bien lo que paso, sentía como si estuviese ebria. A la mañana siguiente me desperté en la habitación de Alcida. Me dolía el cuerpo y los ojos, no de llorar, pero sí de intentar no parpadear porque pensé que si no perdía ningún detalle entendería la dimensión de lo que pasaba.

El perfume de Alcida llego antes que ella: -“¿Te sientes mejor? Ayer necesitabas vomitar, pero se notaba que no habías comido nada, te he dejado dormir. Debes estar muerta de hambre. Llevas casi 48 horas con el estómago vacío. Te puedes quedar aquí sin problema, la única condición es que comas. No soporto a la gente que no tiene hambre”-.

Devoré lo que había en la bandeja,luego me senté en el balcón y admiré el bonito “jardín con piscina” del hotel. Me tomo un par de horas bajar al agua. No me moví de ese lugar los siguientes 4 días, miré 700 veces las 8 fotos de mi celular intentando recordar el antes y después de la toma.

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Me imagino a mí misma cuando soy feliz.
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Me gusta imaginar cómo son las parejas en sus espacios privados.
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Las galerias de arte son un vicio.
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Amantes en la ciudad.
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Me gustaría quedarme y ver quien necesita conocer su futuro.
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Mataría por un helado de castañas.

 

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La noche es cuando más cómoda me siento con la vida.
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Mi hogar, mi espacio privado.

El cuarto día Alcida me pidió subir: -“Ya es hora de que me cuentes que te paso”-, dijo.

En 5 minutos ya le había explicado todo. Aproveche que conversábamos para contarle sobre mí. Tengo 33 años, soy mi propia jefa, había logado que un pequeño local de yoga fuese un éxito de barrio y mi administradora era una mujer muy confiable, lo cual me permitía tomarme vacaciones un par de meses al año. A mi vida solo le faltaba un hombre. Lo extrañaba todos los días al entrar a mi departamento frío y silencioso. Probé dejar la calefacción prendida cuando marchaba, pero la cuenta del gas subía escandalosamente así que lo descarte; aunque debo reconocer que solucionaba la sensación de frío.

Continuará…

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