Espacios Privados (1)

Aquel día en el aeropuerto. Estaba de los nervios. No paraba de moverme. Mientras buscaba distraerme mirando a los otros pasajeros, mi mirada se cruzó con la de una rubia, prototipo de mujer que anuncia productos anti edad. Me la imagine con voz sexi vendiéndome algo, a través de la pantalla de TV. Cuando notó que la miraba le sonreí. Ella me devolvió un gesto extraño

Al abordar el avión coincidimos y me tomó del brazo, con verdadera curiosidad, preguntó si nos conocíamos o si yo la conocía. Respondí a todo que no.

A la llegada al Cairo nuestras maletas fueron las últimas en salir. Me preguntó en qué hotel me alojaba y le conté sobre Husani. Me dirigió una mirada incrédula y me deseo suerte. – ¿Y vos? -Pregunté: “Propietaria de unas acciones de hotel”, me contó, era un viaje de negocios. Me dio la tarjeta del lugar, le agradecí.   

Recogí mi maleta y me dirigí hacia la salida. Había llegado al fin este momento. Temblaba. Me apoyé en la maleta, para conservar el equilibrio. Tomé aire, lo contuve y caminé hacia la salida.

Busqué con la mirada un rostro conocido. Solo encontré un cartel con mi nombre: AMARA

Durante unos segundos dudé. El chico que lo sostenía se parecía mucho a la persona que yo esperaba encontrar, pero era más joven y no usaba lentes, parecía la versión rejuvenecida de Husani, ¿su hijo?, pero él nunca hablo de uno.

En cuanto el hombre vio que me fijaba en él, pronunció mi nombre – ¿Amara?

Asentí con la cabeza. Se dirigió hacia mí, me rodeo con los brazos, me levanto y me apretó contra él. Cuando me dejo en el suelo, agarro mí cara entre sus manos, me miro a los ojos con dulzura y beso mis mejillas. Estaba lista para besarle en la boca cuando sonó su teléfono. Creo que le explicaba a alguien que había llegado y mientras la otra persona hablaba él me sonreía y decía – Wellcome -.

Sin dejar el teléfono, le entregó mi maleta a un hombre, rodeo mis hombros con su brazo y caminamos hacia fuera del aeropuerto. Yo, mientras tanto, recuerdo estar entre emocionada y sorprendida, aturdida.

El hombre que llevaba mí maleta la puso en el maletero del taxi. Sin parar de hablar por teléfono Husani, el joven, le dio instrucciones. Hacía un calor espantoso y la ciudad parecía tener un halo amarillo, provocado por la luz del sol.

Cuando por fin acabó la conversación le pregunte – ¿Husani?

-Masuf -hijo de Husani -respondió, mientras reía, divertido por mi confusión, supongo.

Me molestó que Husani nunca me hubiese hablado de su hijo y que no hubiese ido a recibirme al aeropuerto.

– Masuf me tomó de la mano y me dijo que estaba muy contento de conocerme, que esperaba que el vuelo hubiese sido agradable. Me preguntó si tenía hambre, pero antes de que pudiera responder el teléfono sonó de nuevo y otra vez el árabe hizo imposible que entendiera algo de la conversación.

Sentía curiosidad por el Cairo y tenía ganas de pasear por la ciudad. El taxi recorría grandes avenidas con palmeras. Al cabo de unos 30 minutos tomó un desvío y entro a un barrio con calles a medio asfaltar; casas pequeñas, adosadas y pintadas todas del mismo color. Paramos frente a una con un pequeño jardín frontal y flores de colores. Entramos.

La casa era grande, recorrimos la estancia, al fondo se veía un patio interior. De pronto una vos dijo mi nombre. Volví la cabeza y vi que una señora de mediana edad, muy guapa, me sonreía y abría los brazos con la intención de un abrazo.

-Amara que gusto. Yo soy Dalia la hermana de Husani -dijo en perfecto inglés

Había asumido que Husani y yo estaríamos solos y no en una casa de familia, con su hermana y su hijo. No tenía ganas de todo esto. Volví la mirada hacia la salida y vi que el hijo se despedía.

-Amara, Husani viene ahora mismo, Masuf va a buscarle. Ha tenido que ir al Museo, porque arman una exposición sobre dioses egipcios y él es el experto -me miro y sonrió con dulzura.

Me preguntó por mi vuelo, mi trabajo y Barcelona, la ciudad donde vivo. 

Mientras acomodábamos mis cosas en una pequeña habitación de invitados y, antes de que pudiera reconocer lo enojada que estaba con la situación, un fuerte sacudón nos sorprendió. La tierra tembló. Cayeron marcos con fotos y las lámparas del techo se mecían. Dalia corrió escaleras abajo, yo corrí detrás de ella, hacia una habitación donde se encontraba un anciano ciego.

El temblor pareció durar una eternidad. Cuando paró, Dalia le dió agua al abuelo mientras yo ayudaba a recoger todo lo que se había caído. Reímos de nuestras caras de terror y me quede sosteniendo la mano del anciano, mientras ella preparaba un té con menta.

Sirvió el té con unas pastas dulces deliciosas. En medio de la conversación me contó que esta era la casa de sus padres y que la compartían con Husani. Ella tenía un hijo y una hija que estudiaban medicina; los conocería a la hora de la cena. Y entonces sonó el teléfono.

Dalia contestó. Luego de un momento. Su rostro se transformó, cayo de rodillas sujetando el teléfono y gritó.  Corrí e intenté sostenerla, tuve la impresión de que se desmayaba. Estuvimos así un rato. Cuando quiso retomar la llamada no había nadie al otro lado de la línea.

Tomo aire, me miró y dijo – es terrible, por favor, quédate con el abuelo un minuto – asentí con la cabeza.

Se levantó, salió de la casa y regresó con una señora que le tomaba la mano como consolándola. Luego le explicó algo al abuelo.

-Amara, acompáñame, -me dijo finalmente- Husani ha tenido un accidente en el museo.

Tomamos un taxi. Dalia lloraba, mientras yo le sostenía la mano y le pedía que me diera más detalles. -No sé mucho, solo han dicho que está grave. Masuf, esta con él. 

Llegamos a un edificio rosa-naranja imponente rodeado de una valla negra y de gente. El trafico era un caos así que tuvimos que rodearlo largo rato a pie. Cuando al fin divisamos un gran portón negro. Empezamos a abrirnos paso entre la multitud de turistas, que habían sido desalojados. Una vez llegamos, Dalia explicó al guardia en la entrada la situación, este llamo a una segunda persona que nos llevó dentro. Todo paso muy lentamente.

Note el calor intenso que provocaba que la cabeza me diera vueltas y me doliese el estómago.

Una vez dentro del museo, seguimos a la guardia que nos escoltaba hasta que nos topamos con la cinta amarilla de la policía.

Apresuré el paso, asomé la cabeza en la sala, vi una funda plástica negra en el suelo, cubriendo un cuerpo y rodeada de un charco de sangre. Masuf estaba cerca y de cuclillas, se tapaba el rostro. Cuando Dalia entro en la habitación gritó y lloró sin consuelo. Repetía una y otra vez el nombre de Husani. Masuf lloraba con ella.

Yo me había sentado en el suelo y las lágrimas caían solas por mis mejillas.

Cuando pudo hablar, Masuf, en una mezcla de árabe e inglés, nos explicó que colocaban una estatua del dios Ra y empezó el temblor, la estatua se desenganchó de la grúa y cayó sobre Husani. Ra estaba ileso gracias a que su padre había servido de colchón. Ahora esperaban la Ambulancia, tardaría mucho porque atendía otros accidentes.

Quise levantar el plástico, pero no me dejaron. Me quedé paralizada. Yo solo quería verlo en persona, aunque fuese una sola vez. Entonces Dalia, me tomó de la mano y me explicó que su hermano era un buen hombre. Que esperaba mi llegada con ansias. Lloraba mientras hablaba. Me senté en el suelo porque pensé que, esta vez, era yo la que se desmayaba. Masuf le acerco una silla a su tía y ella, mientras me acariciaba el cabello, me contó una bonita historia de un padre, al que la madre de su hijo había abandonado por un cocinero polonés y que había criado a su hijo y ayudado a su familia. Diez años después había decidido que era hora de rehacer su vida… conmigo.

No sé cuánto tiempo pasó antes de que se llevaran el cadáver, Masuf fue con la ambulancia y Dalia y yo tomamos un taxi de regreso a la casa. Durante el trayecto miré la ciudad y me pareció caótica y enferma. Tenía ganas de vomitar. Cuando llegamos le pedí al taxista que esperará.

Estaba desconcertada, no quería estar allí. Empaque. Dalia me miró con tristeza. Nos abrazamos sin decir adiós.

Tomé la tarjeta de la rubia y se la di al taxista -lléveme aquí- pedí.

Cuando llegué al hotel me senté en el lobby y lloré.

¿Cómo podía pasarme esto? ¿Qué iba a hacer ahora? Miraba mis manos intentando encontrar una explicación, las lágrimas recorrían mis mejillas en silencio. No sé cuánto tiempo estuve allí, no sabía que hora era. Fuera estaba oscuro, había perdido la noción del tiempo.

De pronto la rubia se sentó frente a mí.  

Los dioses han matado a mi chico – Le dije, como sonriendo, y lloré.

Esperó un momento a que me calmará y pregunto – ¿Cómo te llamas?

Amara -conteste- Mi madre me puso ese nombre esperando que tuviese mejor suerte en el amor de lo que ella había tenido.

¿Tienes donde quedarte? -Respondí que no con la cabeza.

Ven- dijo mientras se levantaba y me invitaba a seguirla- Yo me llamo Alcida, mi padre quería decir Alcira pero tenía un problema de dicción y el del registro civil, ¡un cabrón!

Alcida hablaba perfecto español, aunque yo hubiera jurado que era rusa.

La seguí a la habitación. Caminamos en silencio.

No soy buena consolando -dijo-; Toma una ducha, el agua te calmará, puedes quedarte aquí. Mañana ya pensaras qué hacer.  

Gracias – respondí aliviada.

Cuando salí de la ducha me acomodé en el sofá y dormí. Cuando desperté seguía siendo de noche. Había dormido 24 horas. Cuando me vio despier pidió algo de comer, para mí.

No tenía ganas de llorar, pero sentía como si me hubiesen arrancado el alma de un tirón.

¿Qué haces en el Cairo? – le pregunté a la rubia, mientras devoraba la cena.

-Negocios -respondió en tono cortante – ¿Qué harás ahora Amara?

-No lo sé. Me siento perdida.

Con mis ojos llorosos vi su rostro inmutable. Por eso no tiene arrugas, pensé yo.   

Disfruta del Cairo ya que estas aquí, ve a las pirámides y visita todas las ciudades bonitas. Si lo haces con un grupo de turistas es bastante seguro y hay hoteles accesibles -me aconsejó. 

Así lo haré. Mañana mismo veré agencias de viajes.

Mañana es domingo. Puedes descansar un día. Ya lo harás el lunes. Vístete, acompáñame, te hará bien salir.

Una vez en la calle caminamos por algo parecido a un malecón y llegamos a un restaurante acogedor. Ella pidió té de menta para dos. Hablaba árabe y la forma de dirigirse a la gente imponía cierto respeto.  

¿Eres española? -preguntó- tienes un acento que no logro distinguir.

No. Ecuatoriana, pero hace 15 años que vivó en Barcelona -resumí- ¿vos?

Mi padre era ruso y mi madre española. Yo nací y crecí en Toronto, pero en cuanto pude, me fui a vivir en New York. Quería ser actriz, pero solo conseguí contratos como modelo. Cuando esa vida se agotó me mude a Miami, hace muchos años que vivo allí.

-Estoy preocupada. Debería ir al entierro de Husani- dije abruptamente.

-Las relaciones son como las flores, mejor cuidarlas cuando están vivas, una vez muertas no necesitan atenciones – dijo con ese acento frío y distante que tenía y que le daba un aire de diva-

El resto de la noche la aprovechamos para hablar del país y las maravillas que hay que visitar si estas en Egipto.

El domingo lo pasamos en la piscina, Alcira al teléfono y yo con mis pensamientos. Mi conclusión ese día fue que ella, a su manera, no era una mala persona y que yo tenía bastantes prejuicios contra las rubias pijas y guapas.

Ese día me di cuenta de que no tenia a quién escribir y contarle lo que me había sucedido. Husani no estaba al otro lado del chat. Lo extrañaba.

El lunes me sentí más tranquila, así que fui y compré una expedición para Guiza, Abu Simbel, los templos a la orilla del Nilo y unos días en barco.

Me despedí de Alcida y estuve 15 días caminando entre las ruinas de una majestuosa civilización ya extinta.

Cuando regresé al Cairo, la busqué. No estaba, pero había dejado un mensaje para mí:

Amara, espero que estés mejor. Como te dije, no soy buena para consolar, pero tengo unos amigos que sí. Voy a estar en su casa en Roma. Me imagino que no tienes ganas de volver a Barcelona luego de lo que te ha tocado vivir. Si quieres escríbeme y te diré donde encontrarme. En la cara opuesta la nota tenía anotado el mail de la rubia.

¿Por qué no? -Pensé para mis adentros. Por la noche le escribí y al día siguiente cambié mi billete de avión. Al día siguiente me iba a Roma.

Me dejaron quedarme en el hotel por un precio muy asequible, por ser amiga de la rubia.

La última noche en el Cairo cené con un desconocido, que amablemente compartió su mesa conmigo y acabamos en su hotel. Al momento de irme al mío, le pedí al conserje que pidiera un taxi, pero mi hotel estaba tan ridículamente cerca, que le resultó más fácil llevarme hasta allí a pie, lo cual, con los tacones, la borrachera y la tristeza que llevaba encima, fue toda una hazaña. Una vez en mi habitación vomité la vida. Sentía muchas ganas de largarme y no volver nunca, el Cairo era la ciudad mas horrible que había conocido en mí vida.

Me gusta la fotografía y durante los meses que nos escribimos, todos los días le envié una foto a Husani, que luego comentabamos. Estas eran las últimas, las que acompañaban mis palabras y mis ganas de conocerlo. En una hora dejo esta ciudad.

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