Viernes primero de enero.


         Los seres humanos constituyen una fauna y flora extrañas. De lejos parecen insignificantes; de cerca parecen feos y maliciosos. Más que nada necesitan estar rodeados de suficiente espacio: de espacio más que de tiempo.
        Se pone el sol. Siento que este río corre por mis entrañas: su pasado, su antiguo suelo, el clima cambiante. Los cerros lo circundan suavemente: su curso es inmutable.
Fin.

Es casi media noche en la ciudad, hace un momento termine mi paseo fotográfico. Es la última noche del año y he decidido pulular por la ciudad. Pago el café y acaricio las solapas del libro que he terminado. Ahora me dispongo a pasear mi cerebro, que acaba de explotar por culpa de las devastadoras divagaciones de H. Miller sobre la putrefacción humana.

Dejo la rambla y me adentro en el barrio Gótico; siento una fascinación especial por sus callejuelas laberínticas imposibles de descifrar. Intento caminar por aquí cada vez que puedo y armar un recorrido para evitar perderme pero hasta ahora ha sido imposible. Llego a la plaçeta del Pi y sin fijarme en las calles desciendo en dirección al mar.

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Hoy hay mucha gente a la que no puedo/ no sé fotografiar, me atraen intensamente las calles solitarias o escasamente transitadas. De todas formas voy buscando motivos para sacar mi cámara, por ahora retenida y segura en la mochila. Me oriento hacia la plaza Sant Jaume y la cantidad de gente aminora. Como es casi media noche decido retomar la dirección hacia el mar para ser testigo de los festejos, so pretexto de las doce campanadas y cambio de año. Recorro callejuelas estrechas e infinitas.

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Absorta en mis pensamientos no he notado la presencia de un hombre que camina casi a mi lado. Cuando se da cuenta de que lo he “descubierto” me mira y me pregunta: -“¿Estas bien?”. – “Si”, respondo con cara de sorprendida por el cuestionamiento y sigo caminando.

En ese momento pensé que yo debía tener cara de perdida (típico cuando busco algo inespecífico que fotografiar) y por eso la duda de este ser sobre mi estado me pareció algo razonable. Pero no se ha marchado y sigue a medio metro por detrás, a mi costado izquierdo, que ahora siento indefenso porque no tengo la cámara fotográfica debajo del brazo, como suelo hacerlo.

Nuevamente me habla:
– “Puedo darte un tour por las ramblas.”
Niego con la cabeza.
– “Puedo mostrarte donde esta la mejor fiesta de fin de año. Incluso si te apetece puedo dejar que me invites una cerveza.” Dicho esto ríe fuerte, con una risa loca y maliciosa. O por lo menos eso me lo parece a mí.

Algo nerviosa decido cambiar el rumbo y entro por el carrer d`Ataülf y a los dos segundos sé que he cometido un grave error; es oscuro y gélido.

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Inmediatamente siento el hedor de la piedra húmeda, risas y gritos se escuchan en todos los rincones, pero esta calle esta desierta. Camino deprisa intentando escuchar otros pasos que no sean los míos, de momento me consuela oír solo mi respiración.

De pronto un susurro me revuelve los nervios y ahora son casi angustia.
– “¿Solo conversar un momento?”, dice el hombre ahora con un tono de voz algo chillón; tengo la impresión que intenta sonar como una súplica.
– “Lo siento, me esperan”, le digo.
– “¿No eres de aquí, de dónde eres?”
– “Ecuatoriana pero vivo aquí. Lo siento debo irme.”
Calla unos segundos y mientras apresuro el paso le escucho gritar:
– Mierda de ciudad, todos aquí son iguales, en seguida te insultan, nada de amabilidad, solo miedo, miedo, miedo…
Siguió repitiendo esta palabra varias veces como si fuera el eco que rebota con fuerza en una gran montaña.

Mientras intento salir del laberinto en el que estoy, tomo el carrer d`En Gignás hacia la izquierda; -mierda de callecitas oscuras- pensé. Si hace un momento cuando las fotografié me parecieron esplendidas ahora las miraba como una trampa donde la luz llega moribunda y el frío se ha olvidado de circular.

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Sentí la punta de los dedos congelados y pensé que era el miedo disfrazado de frío. Justo cuando necesitaba pensar qué hacer vi una ventana en la que centellaba una luz; pensé que había encontrado un bar en el cual refugiarme porque -mi acompañante- no paraba de farfullar y aullar en intervalos iguales “miedo, miedo, miedo”, igual que si fuese la estrofa de la canción top del momento, hasta aplaudía. Parecía divertido con la situación.

Casi corrí hacia la luz. No era un bar era la entrada a una peluquería de pelucas y la puerta estaba cerrada.

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En los segundos que gaste intentando entrar mire hacia atrás para ubicarle y su mirada se cruzó con la mía. Me miro de reojo, como si quisiera hacer ver que la cosa no iba conmigo, caminaba en zig-zag, pero no como un ebrio sino como un niño travieso. Mientras tanteaba la pared intentaba ubicarme, -no quería seguir perdida-, necesitaba encontrar un punto de referencia para salir del laberinto de calles similares en el que estaba. Me mordía el labio de forma nerviosa, sentía el sabor de la sangre y eso me ponía aún más de los nervios.
– “Date prisa te atrasas para llegar con tu cita”, dijo acelerando el paso y con cara de angustia, seguramente como reflejo de la que veía en mi rostro.

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No atiné a decir nada solo moví la cabeza de un lado al otro, formando un no repetido. Caminaba nuevamente tratando de ubicarme en el espacio y tomar una dirección coherente para llegar a calles más transitadas.

Mientras regresaba la mirada para vigilar la posición de aquel hombre se me ocurrió quetal vez si me quedaba quieta pasaría de largo. No paso ni un segundo desde esta reflexión cuando me di cuenta de que el tipo tenía el brazo extendido y la mano casi rozaba mi antebrazo.
Corrí. No tenía idea de hacia dónde iba y daba igual. Sentí la urgente necesidad de alejarme y corrí como mente atea a la que se le aparece la virgen maría o cualquier otra.

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Estuve a punto de desfallecer por el susto cuando luego de algunos metros me gire a ver si él aún estaba allí y al hacerlo tropecé con el dependiente de un bar que salía por la puerta trasera para botar la basura. Grite y el pobre sujeto grito conmigo. Sentí que el corazón me estallaba, el sonido de mis latidos se agolpaban en el cerebro y el miedo más el frío entumían mi cuerpo; que sensación más incómoda la del pánico.
“¿Estas bien?” pregunta el dependiente, -“Si”, respondo y sigo caminando.

Mientras retomo el camino le pregunto: “¿para salir a la Rambla?”, responde con un gesto que señala hacia la izquierda. Siguiendo la dirección indicada llego a la plaza del tripi, por fin un lugar familiar. Todavía nerviosa miro el curioso escenario con el que me encuentro. Un montón de gente ebria y chillona que me obligó a detenerme en seco, tengo que abrirme paso y poco a poco me mezclo con la gente. Las risotadas de la multitud me ponen nerviosa otra vez, son muchas risas histéricas recorriendo el lugar so pretexto del fin de año, que parecería el fin del mundo.
La sensación de alivio duro poco. De pronto me sentí desubicada. Música dance a todo trapo y yo intentando reconstruir mi mapa mental para lograr salir de allí. Tratando de aferrarme a algo toque el cierre de la mochila que asegura la cámara para comprobar que estaba en su lugar, solo para consolarme de que no había perdido nada… aún.

De pronto ubique el carrer D´Avinyó y supe que si lo tomaba llegaría al carrer de la Boquería y a la estación de metro. Me moví entre la gente, el escándalo y los vómitos. Maldito susto impregnado en el cuerpo como el frío gélido y húmedo de invierno; sigo temblando y suplicando no cruzarme con nadie. Mientras intento pensar en otra cosa para sacarme el susto del cuerpo analizo la turisteada que llena las calles de la ciudad, grupos de sexo variado y edad indeterminada, demasiado jóvenes algunos y demasiado viejos otros, todos ebrios o tripeados. El olor a vomito es asqueroso y las parejas que “casi” follan en la calle sobrepasan de diez.

Nadie me inspira nada, ni felicidad, ni miedo, ni desafecto, ni odio y por supuesto nada de simpatía.

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La ciudad hoy es como la amiga falsa que te promete que si vas con ella será la mejor de tus noches y una vez que le has creído y seguido sabes que declarará demencia o apasionamiento y te dejará sin plan, sola y asqueada por el bullicio obsceno en el que te ha metido.

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Ahora en el metro, el final de Trópico de Cáncer vuelve a mi mente como una premonición:

         Los seres humanos constituyen una fauna y flora extrañas. De lejos parecen insignificantes; de cerca parecen feos y maliciosos. Más que nada necesitan estar rodeados de suficiente espacio: de espacio más que de tiempo.
        Se pone el sol. Siento que este río corre por mis entrañas: su pasado, su antiguo suelo, el clima cambiante. Los cerros lo circundan suavemente: su curso es inmutable.
Fin.

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