Septiembre.

He decidido “asomar las narices” por el viejo continente a ver que me depara el destino, ¿La vida que amaré?. Por si acaso traigo ímpetu al 70% para encarar lo que ha de suceder. Aquí están las ilusiones -¿Por qué aquí?- La compulsión a la repetición infinita de nuestro día a día se ve trastocada al cambiar de casa, de país. A un paso de la angustia existencial.

El sentido del humor y la ironía serán los amuletos para una transición ordenada. Pero para aguantar con una sonrisa hay que detectar a tiempo cuando se infiltra el delirius tremendus; al igual que el provocado por la ausencia de alcohol -este provocado por la ansiedad de enfrentar lo desconocido- hace que imagine una ciudad de locos. Seres portadores de una lesión social que los hace insensibles y fríos; normando conductas hasta la saciedad para recibir grandes recompensas en metálico, infinitos procesos pseudocreativos para alcanzar glorias mundanas y obtener un efímero reconocimiento o si tienen mucha suerte volverse ídolo de masas. Miro las chicas y chicos y me da la sensación de haberlos visto crecer en un escaparate, igualitos al maniquí. Me quedo perpleja porque es más cómodo que echarse a correr.

Una mujer sin rostro y su pequeño hijo me entristecieron. A fuerza de pensar entro en pánico –se cuela entre las piernas-, Onda -me meo de susto-. “Otro mundo” se concreta y se hace realidad, pero no el deseado, peor aún el imaginado. Más bien este se parece al mismo mundo de siempre.

Lo que deseo

Para recobrar la calma -luego del abatimiento auto impuesto-, vuelvo a los límites del cuerpo; el cielo allá arriba y la tierra que sostiene mis pasos. Los olores y colores similares a los que traigo en mente. He cambiado yo y ha mutado la gente que miro caminar.

No solo el cielo esta sobre mi cabeza.

Secuencia perfecta.

Incapaz de encontrar un rumbo regreso al piso vacío y pongo Aterciopelados; el volumen bajito, como un murmullo para infundirme valor; la voz de la Echeverri como un lugar común sobre el que regresar cuando el silencio se hace inmenso. Inevitables paralelismos se me vienen a la memoria, siempre relacionados con el pánico y sucumbir a la presión de adaptarse. El sentimiento es el mismo, lo que cambia son las preguntas: ¿Cómo he de mirar estas ciudades viejas, con un tufillo a civilizadas? Si yo vengo del caos y del desorden, del porfavorsito-señorita en el que viví toda la vida. Mientras miro el paisaje por la ventanita de la habitación.

Mi ventana

Mi ventana 2
Afuera y adentro se impone el orden de las cosas. El gran invento civilizatorio –sumado a la religión, por supuesto- que es como un bofetón, un “estate quieto” a la imaginación, a las ganas de vivir -a mi modo-. Aquí tendré que descubrir lo que me une con a la ciudad y lo que me hará odiarla a muerte. como ya lo he hecho otras veces. Mientras recuerdo el orden conocido para encarar el desconocido.

Sin desvios.

Que nadie se vaya.

Pero en septiembre he decidido no odiar. Lo dejo para enero o tal vez marzo. O en invierno.Saldría para buscar una chela, es para lo único que me movería.

Septiembre

Fórmese! Incluso para la fiesta! Orden sobre todo un poco de orden, por favor!
Septiembre para sucumbir al cambio, porque sí; por puro instinto de supervivencia. Por las pocas ganas que hay de mirar atrás, de perder el tiempo con idiotas, de ir a votar por mamones. Septiembre de abstinencia, porque para el cambio hay que estar sobrios. ¡Hay de ti! Sí satán -cambia lugares- no te agarra lucido y duchado, listo para dar el siguiente paso.
Septiembre de pánico raro como película de terror de cine porno, como broma de político gay católico y de derechas.
Madrugo para que la vecina me regale manzanas, y ando buscando más trabajo para que no me digan cosas feas. ¡Aquí! tan lejos de todo.

Para no estar solo.
Bien es sabido que los cambios te dejan perplejo, te roban el día tras día, te desordenan las ideas y se te traba la lengua. Pánico al desorden, a la ceguera momentánea. El tiempo transcurre igual, aunque cierre los ojos muy fuerte. Te convences que no es un sueño es la mera realidad que esta cabrona. Parecería simple ajustar las funciones vitales y sociales al nuevo escenario, pero siempre hay normas y reglas inventadas por algún burócrata iluminado que complican todo.
Aprieto el estómago, tenso los músculos de las piernas, hago una coleta para mi pelo, levanto las manos, muevo las aletas de la nariz y las cejas al mismo tiempo y suspiro. Hacer el tonto siempre es bueno para aliviar momentos de tensión.

Debería hacer algo para callar el gruñido de mis tripas pero voy por una cosa a la vez.

Lo que veo

vosotros os atiriciabais.

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